Nuevo mes, nueva columna. He venido polémicamente a pelar, no a alguien en específico (aunque igual sí porque es mi inspiración para esto), he venido a hablar sobre la mina pastoral.
¿Quién? Les explico. La mina pastoral es esa que todas conocemos, la que es cercana a Dios, obvio que ha cumplido con los sacramentos al pie de la letra, no como una que le da paja; quizás es coordinadora de catequesis, si es más cuática, hasta puede ser acólita… si aún no reconocen la suya, piensen en la mina provida que les comentó alguna cosa en la que manifestaron su postura a favor del aborto, tratando de salvar sus almas.
Lo que me motiva a hablar de este personaje no es su actitud Virgen María, sino que es su lado B, esta joven se muestra como la perfección hecha persona, el sueño de toda vieja qla que nos deja como chaleco de mono a nosotras las pecadoras pero es una maraca empedernida y discúlpenme la falta de sororidad. Ustedes saben que yo apoyo el feminismo y sé que es feo tratar así a otra mujer pero ¡denme otro sinónimo por el amor a Jebús! En fin, sabe hacerla, ustedes la ven ahí toda mosquita muerta, pero puede ser bien perra si se lo propone. Por eso hay que tener ojo; puede ser amada u odiada, pero lo que es seguro es que será por cierto una eventual amenaza, porque cuidado, esa faceta de timidez, de ñoña, de criatura que no rompe un huevo, puede engañarte… ¡no niña si son peligrosas! Tiene una fachada muy elaborada, un pan de Dios… ahh pero no pierde oportunidad.
Mi “mina pastoral” cuyo nombre para efectos de este escrito jocoso, será: “La pendeja”, era una cabra que conocí cuando estaba en el colegio, iba un curso más abajo. Era una flacuchenta sin gracia, devota de Jesucristo, activa participante de la pastoral del colegio (colegio católico y de minas), provida, destacada académicamente, amigable, buena, etc. Por esas cosas de la vida, el año pasado ingresó a la misma universidad en la que estudio, pero a otra carrera. Me la topaba a veces y la saludaba, no tenía rollos con ella.
Ese mismo año tuve un peor es nah, estudiaba lo mismo que la pendeja pero iba muchos años más arriba, incluso era mayor que yo (a lo Becky G). Una de esas noches en que nos juntamos, ella salió a la conversación ¡KHÁ!, esa noche me enteré que esta mina se lo estaba joteando a “toa llae”. Buscaba excusas para hablarle, incluso lo llamaba para despertarlo y que fuera a clases y cosas así, era bélica; yo para lo único que le hablaba era para ir a tomar y pelarme.
Ella conocía a este cabro porque era su ayudante y como que quedó flechada. Nos reímos de ella un rato por sus intentos de conquista, hablamos de que era interesante su despliegue teniendo en consideración una reciente ruptura, en fin, con mi cabro hablamos como 2 viejas cahuineras. La pendeja no tenía idea de que mientras ella se hacía la coqueta, yo me comía a su ayudante.
El anonimato me duró bien poco. De una publicación en Facebook se enteró y yo como que filo. Lo entretenido es que me la empecé a encontrar con más frecuencia, a veces me saludaba, otras veces no, yo no podía evitar reírme. Nunca le resultó, al parecer, con este mino, a él no le gustaba porque era muy pastoral. Para graficar la situación: recuerden la teleserie “Pecadores”, el loco era el curita (con harta menos gracia, pa’ qué estamos con cosas si el cura era Benjamín Vicuña y este un huacho cualquiera), luego la Sigrid Alegría que era esta especie de diabla, soy yo y la pendeja era la otra mina, el angelito. Al curita en la teleserie le gustaba la diablita, igual que a este mino. No había por dónde perderse ? (ya si igual soy una monja pero en comparación, era lucifer). Pero bueno, pudo haber perdido en esa oportunidad, no obstante, está amparada por el pulento cual Ned Flanders, así que adivinen quién está felizmente pololeando y quién vive con un gato.
¿Qué cosas, no?
Te viera Jesús Maraca (dijo la picá).












































