Vivir con nuestras propias etiquetas

A veces siento que las personas somos una especie de tarjeta de presentación ambulante. Vamos por la vida con una etiqueta colgando de nuestra cabeza en la que cualquiera puede leer lo que somos, o al menos lo que queremos mostrar que somos.

Obviamente si no nos definimos frente al mundo jamás generaremos relaciones de afinidad con las personas que nos rodean, es necesario tener una identidad clara y una visión con la que enfrentar a la vida. Lo curioso es cuando transformamos aquella identidad y visión en una simple frase definitoria que usamos y abusamos cual currículum vitae impreso en nuestra frente.

Un ejemplo clásico es el perfil de twitter. Es la forma más fácil de conocer en dos o tres líneas cuál es la profesión de una persona, su comida favorita, afinidad hacia los animales y su opinión acerca de la donación de órganos. De forma más o menos general estamos acostumbrados a autodefinirnos por premisas básicas dictadas por otros y a seguir copiando el mismo patrón de presentación personal.

El tener o no tener estudios juega un gran papel en este asunto de la etiqueta personal. Así como en twitter el 90% se define por su carrera, en la vida fuera de las redes sociales la cosa es bastante similar.  El otro día fui al supermercado y me sorprendí un montón cuando la chica que guardó mis compras en las bolsas resultó tener puesta una polera que decía “empaquetador universitario”. Al principio me costó entender el sentido de la frase, como si lo que quisiera decir es que esa chica había estudiado en la universidad para empaquetadores… Pero dos segundos después entendí que se refería a su condición de estudiante universitaria que trabaja como empaquetadora en su tiempo libre.

Ahí es cuando comencé a preguntarme acerca de cuál es el sentido de definir la situación de estudios de forma manifiesta, como si eso fuera a hacer una diferencia en el orgullo de esos chicos versus aquellos que a falta de escolaridad deberían llevar una polera que dijera “empaquetador sin estudios”, o aquellos de la tercera edad que ejercen ese trabajo con una que diga “empaquetador abuelito”. Suena absurdo que se marque la diferencia de clases de esa forma, la dignidad del trabajo sigue siendo la misma y es de conocimiento general que la mayoría de los chicos que realizan ese trabajo son estudiantes, no hace falta que se los etiquete desvergonzadamente para dejárselo claro al mundo.

Yo creo que elegimos mal nuestras etiquetas, mucha gente realiza grandes esfuerzos para que su carrera los defina, he conocido algunos casos de egolatría profesional como alguien que comenzaba el 50% de sus frases con un “yo como psicóloga creo que…” o el de alguien que cada semana le agregaba un año más de estudios a su inconclusa carrera solo con la finalidad de aparentar mayor valor como persona.

¿Necesitamos realmente tener una etiqueta que hable por nosotros? ¿No sería mejor que en vez de un título o un gusto particular fuera nuestra actitud hacia la vida la que hablara por nosotros? Nuestra capacidad para lograr sueños, nuestra visión del presente, nuestra pasión más allá de lo meramente escrito en un cartón, en un perfil de twitter, una tarjeta de presentación o en una polera institucional. Conozco a alguien que se autodefine como “Yo soy de las estrelladísimas” citando a Frida Kahlo… creo que son etiquetas como esas las que hacen que una persona sea realmente interesante y que aplicando creatividad e inteligencia logra definir con creces lo que otros intentan en vano escribiendo “creativo e inteligente”.