¡Pura magia! El universo ante nosotros – Capítulo 04 del viaje

La Riviera de la laguna Rocha era un lugar super tranquilo, más aún encontrándonos fuera de temporada. Supusimos que en verano debe ser bastante distinto y nos imaginamos que un lugar así en Chile se repletaría en período estival. Y es que en nuestro país los lugares donde no tienes que pagar son prácticamente inexistentes o simplemente tienes que acampar sin autorización, reduciendo bastante las posibilidades de los campistas.

Los días en la laguna fueron super tranquilos, pasamos gran parte de ellos contemplando el entorno, caminando por el pueblo, cocinando al fuego, durmiendo temprano… Un día aprovechamos el solcito y nos metimos al agua, que muy bien le vino a nuestros entrenados cuerpos, jejeje. El clima esos días fue bien variado; tuvimos lluvia, sol, nubes, viento.

Justo frente a nuestra carpa, cruzando la calle, teníamos un almacén que nos abastecía de todo lo necesario. El lugar lo atendía la señora Carmen, una mujer local de unos 60-65 años que llegaba cada mañana a eso de las 9:00 am junto a su marido y a su hija en un furgón, abría el local y se sentaba junto a su marido al solcito a tomar mate. Él se retiraba al poco rato junto a la hija y volvía al atardecer a buscar a la señora Carmen. Ella se pasaba el día entretenida entre la tele y la cocina, pues abastecía a la comunidad de productos frescos como pan casero, galletas y diferentes pastelitos. Las que más nos gustaron fueron una galletas llamadas «ojitos», que eran redondas, abultadas y en la superficie llevaban una buena porción de mermelada de membrillo, una masita muy típica de Uruguay que se encuentra prácticamente en todas las panaderías, pero, déjenme que les diga, a pesar de probar los ojitos de varias panaderías, no volvimos a encontrar unos más ricos que los de la señora Carmen. Diego y yo nos turnábamos para ir a comprar porque doña Carmen era muy conversadora y siempre quería saber más cosas sobre nuestro viaje y sobre nosotros, algo bastante entendible viniendo de alguien que vive en un pueblo tan pequeño, ¡que otra entretención hay!

Otro día decidimos ir a la ciudad de Rocha a buscar conexión wifi y así reportarnos con nuestra gente. El día estaba soleado y muy agradable, así es que aprovechamos para conocer un poco más el lugar y así llegamos hasta un gran parque público que bordeaba un gran canal o río de poca corriente, ¡era precioso!. Cuando veo lugares así de lindos, siempre pienso en lo afortunados que son los locales por tener tan a su alcance y sin pagar ni un peso un lugar donde poder relajarse, pasear, sacar a los niños, pedalear o hacer un pic nic. Y ya que el solcito nos acompañaba nos fuimos a tomar un rico helado artesanal, disfrutando otra de las especialidades de nuestros amigos uruguayos.

Estuvimos cinco días en La Riviera, tiempo suficiente para descansar y volver a la ruta. Así, el domingo 14 de mayo bajo un cambiante cielo, reiniciamos el pedaleo con rumbo al balneario La Paloma, a 37 kilómetros de distancia. El paisaje a lo largo del camino fue cambiando y pasamos por una zona de vegetación bastante selvática. Pedaleamos por una carretera alternativa a la ruta principal, por lo que la berma se estrechó y en muchos tramos sencillamente no había berma así es que pedaleábamos por la misma calzada de los autos, lo que no significó ningún problema porque la cantidad de vehículos que circulaban por el lugar era realmente poca.

A medio camino nos detuvimos a comer los huevos duros y papas que habíamos cocido para el viaje y ya a eso de las 4 de la tarde llegamos a La Paloma. Recorrimos un poco en busca de alojamiento y nos encontramos sólo con un par de alternativas a nuestro alcance. Nos quedamos en un hostel con alta capacidad pero que se encontraba vacío así es que la habitación de 12 camas se transformó en nuestra. El wifi, la ducha caliente, el acceso a una cocina y dormir en una cama fue un gran regalo después de una semana de acampar con recursos sencillos.

La Paloma me pareció un mini Punta del Este: una calle principal que llega casi hasta la orilla del mar, repleto de comercio, restaurantes, bares y cafeterías y varias callecitas que la cruzan, donde hay casi puras casas y uno que otro edificio de baja altura. El 80% del lugar, entre comercio y vivienda, estaba cerrado. Una caminata nocturna para ver el faro (¡nunca había visto uno en vivo!), un buen descanso y ya estábamos listos para continuar pedaleando. Justo cuando nos encaminábamos a las afueras del pueblo, vi tirado en plena calle un pobre brócoli y el par de segundos que me tomó en atinar a parar a recogerlo, por si cabía alguna duda, me mostró un segundo «arbolito» tristemente abandonado en la vía. Diego me miró dudoso pero rápidamente se acopló a mis intenciones y los recogimos gustosos y agradecidos por el regalito. Mal que mal, los pocos brócolis que vimos en verdulerías no eran ni grandes ni baratos, así que, brócolis gratis: ¡bienvenidos!

Como viajamos sin obligación de tiempo y por lo tanto, sin apuro, muchas veces pedaleamos sin saber dónde nos detendremos a pasar la noche. Desde La Paloma avanzamos por un camino costero muy bonito que pasa por varias otras playitas como Costa Azul o La Pedrera y luego nos distanciamos un par de kilómetros del mar para seguir por la carretera. Nuestro siguiente destino era la playa de Balizas, un balneario más «hippie» que nos habían recomendado varias personas. Poco antes de Balizas se encuentra Cabo Polonio, un parque nacional al que han protegido incesantemente de la llegada del mundo moderno: allí no hay luz eléctrica, sólo se puede alojar en casas de arriendo y la única forma de llegar es arriba de unos mini camiones 4×4 que se toman a la entrada del parque cuyo costo es de USD 15 por persona (ida y vuelta). Esto, porque desde la carretera hasta el pueblo hay 5 kilómetros de dunas y al ser un parque protegido, aún teniendo tu propio vehículo con tracción, no está permitido el ingreso de otra manera que no sea en los mini camiones o a pie. Javier, el amigo que conocimos en MVD y que muy gentilmente nos invitó a pasar un finde a su casa en las Sierras de Minas, nos recomendó encarecidamente conocer Cabo Polonio y pasar al menos una noche en ese lugar tan energético, donde las brújulas no funcionan y el cuarzo es la base donde se formaron los cimientos del pueblo, pero pasar la noche en una casa de arriendo sumado al costo del transporte era una cifra demasiado alta para nuestros bolsillos, así es que abortamos la idea.

Más o menos una hora antes de quedarnos sin luz de día, decidimos buscar lugar para armar la carpa. Desde la carretera tomamos un camino de tierra bastante precario que, de acuerdo a Google Maps, llevaba hasta un lugar llamado Oceanía del Polonio, localidad previa al Cabo Polonio. El camino poco a poco se fue estrechando más y fue apareciendo arena hasta que ya no pudimos avanzar más. En el trayecto había algunas casas, la mayoría cerradas. Sabíamos que el mar estaba cerca pero desde donde estábamos no podíamos verlo así es que dejamos por ahí las bicis y caminamos siguiendo el sonido del mar.

Nos encontramos en medio de una graaaaaan playa de bravo mar. Fácilmente eran 3 o 4 kilómetros de desierta y ancha playa, de arena, piedras y conchitas. No había huellas, no había rastros de humanidad. Ahí queríamos llegar. El viento se sentía fuerte, por lo que buscamos un lugar que nos refugiara un poco y esto significó armar la carpa prácticamente en el patio de una de las deshabitadas casas (no había ninguna demarcación del terreno, en todo caso. Nada que nos hiciera pensar que podría ser propiedad privada más que la cercanía con el inmueble).

Terminamos de montar el sencillo campamento con la última luz del día y pensamos que sería rico un fueguito, así que tomamos linterna y nos fuimos a buscar algo de leña. Caminamos por el lugar completamente deshabitado y mientras recogíamos uno que otro palito sentimos ladridos de perros a lo lejos y también algo que sonaba como un hacha, lo que despertó nuestras volátiles mentes y nos imaginamos a un asesino en serie que nos masacraba en medio de esta nada sin que nadie se enterara… Ayyyyyy, la cabecita tan imaginativa, tan loquilla cómo inventa «realidades» dignas de la gran pantalla. ¡Nada!

Volvimos a nuestro campamento con uno que otro palo en las manos y cuando nos sentamos en el suelo dispuestos a encender fuego, apareció ante nuestros ojos un estrellado cielo que, minuto a minuto fue mostrando más y más y más cuerpos luminosos. GUAAAAAAAAAUUUUUU. No puedo más que describir en palabras lo que eso fue, pues no hay cámara en el mundo que retrate con precisión lo que veían nuestros sorprendidos ojos (y sí, he visto esas fotos del cielo estrellado que toman los profesionales, pero tanto efecto, lente y técnica super ultra bacán al final no hacen más que disfrazar una realidad ni tan real, ¿o no?).

La fogata fue rápidamente olvidada cuando nos echamos hacia atrás para quedar completamente horizontales y así disfrutar en totalidad de este magnífico espectáculo. De verdad y sin exagerar, esta fue la vez que más estrellas vi en toda mi vida. Cabeza con cabeza nos mantuvimos quietos bajo el frío de la noche. De repente vimos un cuerpo luminoso que atravesó el cielo de punta a punta en no más de un minuto y medio. No es la primera vez que yo veía algo así, me imagino que a muchos de ustedes les ha pasado igual. Ahí uno se cuestiona si lo que vio fue un satélite, una estrella fugaz con retraso o sencillamente un OVNI, porque un avión evidentemente no es. El tema es que este fue sólo el primero de unos 15 o 20 cuerpos luminosos que vimos atravesar el cielo a una velocidad similar durante una hora que estuvimos mirando el cielo.

Para mí fue una experiencia única cuya explicación lógica desconozco y no tengo mayor interés en conocer. Fue un regalo, lisa y llanamente. Un regalo más de este multiverso generoso repleto de incógnitas que llegan día a día ante nuestros ojos desde el momento en que abrimos la cabeza y el corazón a las cien millones de posibilidades que la vida tiene.

 

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