A mediados de septiembre falleció Luis Rivano, un escritor nacional que no fue de los más reconocidos ni los más exitosos, aunque esto nunca pareció importarle, ya que, fiel a su estilo directo y agudo, él seguía hacia adelante con sus motivaciones sin que los obstáculos fueran razón para detenerle.
Era el final de los años 90 cuando yo estaba en plena enseñanza media en un liceo público para mujeres y repartía mis días entre casa, colegio y muchas horas extra en la biblioteca del mismo, en donde había pasado a ser del selecto (y antisocial) grupo de personas que prefiere estar rodeada de libros, incluso en las horas de esparcimiento.
De este modo yo era asidua invitada a las “Tertulias literarias”, en donde comentábamos acerca de literatura general y también nuestros propios escritos. Muy raramente teníamos la suerte de contar con algún autor que decidía hacerse un tiempo para ir a compartir con aquel pequeño grupo de adolescentes aspirantes a escritoras. Luis Rivano fue uno de ellos.
Yo no estaba en mi fase de libros realistas por aquellos años, siendo Tolkien y Asimov mis autores favoritos, poco me había enterado de las crudas novelas policiales que Rivano había publicado, pero la emoción de conocer a escritores “reales” siempre era más grande que una mera diferencia de gustos.
Conocerlo fue impactante. Ese hombre grande, de apariencia sencilla y a la vez intimidante no parecía un escritor, no hablaba como un escritor y definitivamente no mostraba los modales de un escritor. Por el contrario, podría haber sido el vendedor de la feria, un comerciante ambulante, un charlatán de barrio o un excéntrico sabiondo con aires vulgares de sobra. El hecho es que, Luis Rivano era todas esas cosas y más.
Su carrera literaria comenzó tras escribir la novela “Esto no es el paraíso”, en la que narró sin censura la vida diaria de un carabinero y los bajos mundos a los que este debía enfrentarse. Crímenes, prostitución, abuso de poder y corrupción, entre muchas otras cosas, fueron la causa de que este libro impactara de entrada a lectores y especialmente al cuerpo de carabineros de Chile, del cual él era parte hasta ese momento, ya que su ópera prima fue la causa de que se le desvinculara inmediatamente con 32 años de edad.
A partir de ahí fue poco lo que lo detuvo, se transformó en un escritor viajero que vendía personalmente su obra auto editada. Aquellos viejos libros suyos firmados son ahora joyas que los coleccionistas buscan y presumen.
Escribió mucho más, y no solo novelas. Su incursión en el teatro fue lo que le dejó más reconocimiento a lo largo de su vida, reconocimiento que solía serle esquivo a sus despiadadas novelas en las cuales reflejaba lo más brutal de la sociedad, aquella que probablemente había conocido en carne propia y le había dejado aquella huella dactilar mordaz que imprimía en sus obras y que se negaba a censurar, aún ante la oferta de grandes editoriales que en su momento le pidieron eliminar fragmentos para hacerlas más comerciales.
Gran parte de su vida la pasó siendo simplemente un librero del barrio San Diego. Su tienda, llamada igual que él, fue la librería de libros usados más famosa de aquel punto en donde convergen diariamente los buscadores de tesoros literarios que encontraron ahí muchas de las primeras ediciones firmadas que él coleccionaba.
Tras la impresión que Rivano dejó en mí aquel día en que lo conocí, leí su obra… y debo decir que me chocó bastante, pero a estas alturas de la vida entiendo que esa adolescente fanática de la realidad mágica se viera golpeada por un mundo ruin que era completamente desconocido para mí. Debo agregar que en la actualidad no es que me sienta más atraída por su estilo, pero sí me parece mucho más interesante y puedo ver la oscura belleza en los mundos decadentes que se esconden tras sus palabras. Después de todo, estamos hablando del escritor que recibió esta apreciación de parte de Alberto Fuguet:
“El ADN de Luis Rivano es su mundo de perdedores, flaites y prostitutas que nos sumerge en sitios donde quizás nunca nos atreveríamos a ingresar. Sus novelas, publicadas en papel roneo, cuando fueron desapareciendo se convirtieron en libros de culto de la ficción pulpa nacional. Nunca escribió pensando en el futuro ni en la crítica, pero aquí está toda su prosa pasada a cuchillos oxidados, sangre, sudor y lana mojada. Hammett y Chandler, Bukowski y Fante hubieran considerado la prosa básica pero poética, tensa, como uno de ellos”
Pasé por su librería muchas veces durante los años siguientes. Lo vi en un par de ocasiones y seguía igual, imponente y tal vez algo más bonachón con la edad. Me traje varios tesoros de entre los libros usados de la famosa”, irónicamente ninguno de su autoría. Pienso con un poco de amargura que es posible que ahora venda más, después de todo, muchos incomprendidos suelen transformarse en éxitos tras su muerte.









































