Hay un idiota en mi vida… Pero igual soy feliz

No es que yo sea la primera mujer que ha caído en las redes de un idiota… debo ser una de miles más que se han sentido atraídas con esa actitud de macho rebelde y su cara de «no te pesco», que nos hace desearlos aún más.

Mi problema es que soy perfectamente consciente de eso. Me gusta un idiota. Me gusta mucho, y mientras más me gusta, más me doy cuenta de lo absolutamente idiota que es él. Tremenda contradicción.

Lo conocí por medio de una amiga, la que de entrada me advirtió que el tipo era un idiota. Pero como a mi me gusta hacer las cosas por el lado rebelde, de inmediato le seguí su juego. Total era un idiota, no iba a ser un problema si pronto tenía que tirarlo a la basura.

El problema es que este idiota es de idiotez contagiosa. Se me pegó al primer beso.

Mi idiota llegaba todos los fines de semana a la casa y su falta de neuronas era tan alarmante que me hacía querer golpearlo con su estúpida iPad llena de juegos y decirle: «¡Abre wikipedia CTM!». Pero no. Aprendí a jugar juegos con él, y con el tiempo se me fue olvidando la utilidad de los dispositivos móviles, ya que no entendía cómo es que los había usado antes sin ningún juego adentro… ¿Cuál era su utilidad entonces?

Era la idiotez que me estaba consumiendo de a poco.

Pero mi idiota era adorable. Era de aquellos que se aparecía con una revista de diseño o un libro de arte de la nada solo porque sabía que me gustaban… Claro que lo hacía cuando, después de haberme sacado de quicio, a lo Homero Simpson, recurría a una caja de excusas y ayudas pre programadas para que yo lo perdonara… Y sé lo de la caja de excusas de Homero Simpson, ya que gracias a mi idiota aprendí a ver tele… mucha tele.

Mi idiota la cagaba muy seguido, hay que decirlo. Dejaba las llaves dentro del auto, se le olvidaban las entradas del concierto al que íbamos, se comía un trozo de la torta un día antes del cumpleaños, sacaba a pasear al perro después de que este ya se había hecho en todas partes solo para que yo no lo encontrara en la escena del crimen y muy a menudo lo atrapé comiendo salsa de tomate a cucharadas directamente del tarro (si, ¡no es broma!).

Eso entre muchas otras más idioteces que solía hacer para enfurecerme.

No entiendo por qué no lo dejé. Lo repito: me sacaba de quicio.

Pero en vez de dejarlo se me ocurrió decirle que sí cuando me pidió matrimonio.

Cuando nos casamos las cosas no cambiaron, él seguía siendo el idiota más grande que había conocido, solo que ahora convivía las 24 horas del día con él, porque da la casualidad de que ambos tenemos negocios independientes que manejamos desde la casa.

Soportar sus idioteces se transformó en el desafío de mi vida diaria… fue la peor prueba a mi paciencia y terminó casi por enloquecerme. Tanto, que llegó un día en el que una mínima gota rebalsó el vaso y le dije: «¡No te soporto más!, ¡Eres un idiota!, ¡Me voy!»

Agarré mi bolso, algunas pocas cosas y me fui directo a la casa de la amiga que unos años atrás me lo había presentado.

Lloré, expulsé mi rabia, me dispuse a comenzar de nuevo y asumí todas las culpas cuando mi amiga me dijo: «Te dije que era un idiota»

Dos días después pude salir de mi atolondramiento inicial y comenzar a compartir en su casa como un ser humano pensante, sentarme a la mesa y dejar de llorar con la cabeza enterrada en la almohada.

Su esposo era muy amable y nos daba espacio para conversar y para que yo pudiera seguir con mi trabajo desde ahí. Yo lo observaba como quien observa a una jarra de vidrio llena de agua que está a punto de caerse de la mesa… esperando el momento en que se mandara una cagada enorme que me hiciera ver que todos los hombres son finalmente idiotas. Pero eso no pasó.

Nunca pasó nada.

Él hacía todo bien. Lavaba la loza y no se le quebraba ni un plato, encendía el microondas y sabía qué botones apretar para que funcionara bien, le cambiaba los pañales al bebé sin causarle ningún daño, y efectivamente sacaba a pasear al perro antes de que este hiciera lo suyo en la alfombra… Era el hombre perfecto… ¡Era un no idiota!… ¡Era el hueón más aburrido de este planeta!

Comencé a extrañar a mi idiota…

Una semana después regresé a mi casa, en donde mi idiota me esperaba con el desastre más grande que haya visto alguna vez en un espacio habitable… Pero no me importó. Me di cuenta con solo verlo, que este idiota me amaba más que a nada en el mundo, y que yo era otra idiota por amarlo tanto… pero una idiota feliz.