Un mundo sin mentiras

Una vez mi padre me dijo que cuando te engañan una vez, después por mucho que lo intentes es imposible confiar.

No quiero hacerme cargo de esta premisa o poderoso sabio consejo de mi ángel amado, menos en este momento tan raramente pleno que estoy viviendo en mi vida, pero inevitablemente sigo siendo yo día a día la desconfiada, la calculadora, la indolente, la observadora… la que no perdona.

Me gusta analizar cada palabra de las personas, ver sus gestos, sus comportamientos, recopilar cada una de sus frases y después unirlas, complementar relatos, experiencias, vivencias, gestos. A través de esto me he dado cuenta que lo que llama profundamente mi atención es como las personas pueden seguir un hilo conductor en las mentiras, perseverar en ellas y morir con esa convicción hasta el final, porque determinantemente esa mentira es su verdad y aunque las pillen mil veces, es su palabra contra la nuestra.

Hace unos días me preguntaron por qué cuando hablaba no miraba a los ojos y movía tanto mis manos. La respuesta fue tan fácil: no quiero seguir viendo mentiras en unos ojos que delaten mi desconfianza, no soporto que la gente cuestione mis palabras mientras hablo porque soy una persona sincera, honesta, transparente. Muevo mis manos porque no quiero que las ideas se me escapen y porque quiero atrapar cada una de tus mentiras y juntarlas para poder gritártelas en la cara en algún momento, es por eso, porque me cuesta creerte, me cuesta confiar y no es que no quiera, pero me cuesta.

He dedicado una vida entera a esconder mi desconfianza en el mundo tras mi sonrisa, he tratado siempre de mirar de frente, de ir con la verdad, de creer en el otro, pero me cuesta. Inevitablemente el no creer en nada ni en nadie me han incapacitado para amar y para retener a la gente a mi lado, y tal vez estoy errada, esa mentira que yo creo que existe y que habita en ti es sólo mi desconfianza y mi incapacidad de creer.

Sin embargo, debo destacar que también tengo la capacidad de reconocer a la gente honesta, esa que es buena de adentro, transparente de alma, pura de espíritu. Es difícil, cuesta, pero no es imposible. Benditamente me he topado con un par de ellos el último tiempo y no puedo ser más agradecida de la vida por eso y tratar de retener a esas personas para siempre en mi vida y en mi corazón (ellos saben quienes son y los amo por eso).

Una vez más debo destacar que tengo súper presente que es mi maldita coraza la que me hace llegar a este tipo de reflexiones, porque no creo pero tampoco me gusta que no crean en mí. Así que quiero detenerme por un minuto, mirarte a los ojos y confiar, quiero de todo corazón formar parte de tu mundo pero sin mentiras y ahí ver como nos va.