Pruebas y encuentros en el camino ¡Nuestro viaje continúa! – Capítulo 02 del viaje

¡Costó pero salió! Desde Florianópolis y con wifi un poco más estable va la segunda historia de este viaje, escrita con muchísimo amor para todos los que día a día nos acompañan en este aventura.

Diego fue el encargado de armar las bicis, mientras yo histeriqueaba entre la búsqueda de alojamiento y solucionar el problema de la tarjeta de débito que olvidé activar en Chile. Después de eso vino la tarea de cargar las bicis con nuestro equipaje: dos mochilas, dos alforjas, carpa, bolsas secas, todo distribuido de la mejor manera que encontramos en parrillas delanteras y traseras, amarradas con cordones y huinchas.

Así surgía uno de nuestros primeros -y pocos- arrepentimientos: ¿por qué no hicimos la prueba previa del montaje estando aún en Chile? Lo habíamos conversado y sí, la idea era cargar las bicis tal cual lo haríamos para viajar y pedalear con ellas algunos kilómetros para ver cómo las sentíamos. También quisimos irnos a pedalear un día una buena distancia (sus 50-60 kms.), pero sólo fue otra cosa que no concretamos (para qué entrar en detalles como que no nos dio el tiempo y demás).

Nada, ahí estábamos ya dispuestos a pedalear los cerca de 30 kms. que nos distanciaban del centro de la ciudad. Pedalear con unos 25 kilos adicionales es una aventura en sí misma, déjenme que les cuente. El equilibrio pasa a ser el protagonista de la historia y la exigencia de fuerza no se queda demasiado atrás. Pedalear con peso adicional al del propio cuerpo es completamente diferente y realmente exigente, en mi opinión. Salimos del sector aeropuerto a la carretera y nos encontramos con buena berma para el pedaleo, aunque cada ciertos metros había unos pequeños y sucesivos lomos de toro que en nada ayudaban al equilibrio (supusimos que son para controlar el uso que las motos podrían darle a este espacio).

La carretera avanzaba sin demasiado tráfico y el clima estaba templado, no estaba despejado pero a ratos el sol se dejaba asomar entre medio de débiles nubes. Podríamos decir que la temperatura era ideal para este primer trayecto. Unos pocos kilómetros más adelante nos encontramos con una señalética que invitaba a visitar el Parque Roosevelt, cuya entrada se divisaba fácilmente desde la carretera. ¿Por qué no? Entramos. Básicamente se trataba de un parque de grandes árboles y mucha vegetación, coronado por una linda laguna de mediano tamaño. Maravillados, nos detuvimos a disfrutar del paisaje unos minutos sin bajarnos de las bicicletas.

De repente Diego advierte que estábamos cubiertos de mosquitos, especialmente mis piernas que, aunque estaban protegidas por un buzo, ya sufrían las desagradables picadas de esos sanguinarios seres. ¡PEDALEA POR TU VIDA, CTM! Y aún sobre ruedas, a la velocidad del Rayo McQueen y sin centímetro de piel descubierto de ropa, ¡los mosquitos nos seguían picando! Salimos lo más rápido posible del parque y ya de vuelta en la carretera nos detuvimos a liquidar a los pocos que se mantenían pegados a nuestras ropas, dandole fin a esa real cacería. En ese momento recordamos haber escuchado a alguien en el avión hablando de una supuesta plaga de mosquitos que estaba afectando a Buenos Aires que, entendimos, no era tan supuesta y posiblemente se extendía más allá de la ciudad porteña. ¡Bue! A lo que vinimos.

Unos kilómetros más adelante dejamos la carretera para continuar pedaleando por la orilla del mar: una maravillosa rambla de varios kilómetros nos servía de grata ruta para lo que empezaba a ponerse algo cansador. Mal que mal habíamos dormido no más de 3 horas entre la noche anterior y durante el vuelo, sumando al hambre que ya empezaba a hacerse presente. A medio camino decidimos parar y nos comimos unos frutos secos para reponer algo de energía.

Ya eran más de las 3 de la tarde y aún nos quedaba un trecho para llegar hasta el primero de los tres hostales que marcamos en el mapa. Los kilómetros se empezaron a sentir como millas de un momento a otro y el cansancio borró de a poco las sonrisas de nuestras viajeras caras. Agoteeeeeeeee. Llegamos al primer hostal: USD 13 por persona en pieza compartida de 12 camas, acceso a wifi, agua caliente, cocina y desayuno incluido, todo en un ambiente muy backpacker. Estaba bien, pero habíamos marcado un lugar un poco más barato a unas 15 cuadras, así es que con todas las no ganas de más pedaleo pero muy conscientes de lo importante que sería ahorrarnos todo lo posible desde el inicio del viaje, volvimos a subirnos a nuestras amadas-y-muy-odiadas bicis. 15 minutos de pedaleo en ascenso (¿quién %*]£&@$ dijo que Uruguay es PLANO?) y Diego pinchó el neumático delantero (¿puedo garabatear de nuevo o sería mucho?).

¿Y si nos vamos caminando con las bicis al lado hasta el hostal? – pregunté sin medir lo incómodo que sería caminar las 8 o 10 cuadras que faltaban, con peso, en subida y con un neumático en el suelo.
¡Estai más loca! Si igual vamos a tener que parcharla, mejor lo hacemos al tiro – fue la obvia repuesta que recibí.

Y ya, pateando la perra y todo, Diego se dispuso a arreglar el entuerto para darse cuenta que lo que pasó no fue precisamente un pinchazo, sino que la huincha ANTIPINCHAZO se había movido de su lugar y había pellizcado la cámara, LPMQLRMP. Filo, cámara parchada, antipinchazo a la basura y unos minutos después entrábamos a Willy Fogg: USD 10 por una cama en pieza compartida, agua caliente, wifi, cocina disponible, sin desayuno. Y como estamos en temporada baja, la pieza resultó ser compartida sólo la primera noche con un chico argentino que llegó a las 9 de la noche y se fue al amanecer. ¡Bien! Van mis recomendaciones para el hostal, si usted está en MVD y busca alojamiento lo más barato posible, siempre con buenas prestaciones como ricos espacios comunes (terraza con quincho para asado, amplio living con tv, acceso a computador conectado a internet, buena cantidad de baños, etc).

Ya instalados, nos queríamos comer el mundo. Estando ubicados en una zona céntrica, encontrar supermercado nos tomó media cuadra y aquí vino nuestra primera gran sorpresa: todo nos resultó CARÍSIMO. Hasta ese momento pensábamos que Chile era el país más caro de Sudamérica y no podíamos estar más equivocados. Sólo por poner un par de ejemplos: el paquete de fideos de 500 grs. más económico que encontramos nos costó $1.000 chilenos (USD 1.5) y un paquete de salsa, lo mismo. Recuerdo que una bandeja de 6 tomates costaba $4.000 (USD 6.5) y una bebida de litro y medio, $1.500 (USD 2 y fracción). Los precios nos dejaron bastante preocupados (más a mí que a Diego, sospecho) y más adelante pudimos ir confirmando que, si bien no habíamos entrado al lugar más barato, sus precios eran bastante promedio. Cuando volvimos al hostal y nos repusimos con una buena porción de carbohidratos, conversamos con José, montevideano residente en Santiago de Chile quien nos recomendó comprar frutas y verduras en verdulerías más que en supermercado (ninguna sorpresa, en Chile pasa igual: frutas y verduras en supermercados son caras y de calidad media). Ya era hora de dormir.

Al día siguiente nos despertamos dispuestos a recorrer un poco la ciudad y abastecernos de lo necesario para iniciar el pedaleo rumbo al este. Teníamos que comprar gas para la cocinilla y provisiones. Aprovechamos también de whatsapearnos con Javier, un local cuyo contacto me había pasado la Vero, amiga de mi mamá, quien muy amistosamente se ofreció a invitarnos unos mates y buena conversación en su casa esa tarde. Nuestra idea era salir de MVD al día siguiente, en vista que estábamos pagando por un imprevisto alojamiento que, si bien fue lo más económico que encontramos, USD 20 por día no es una cifra que, en un viaje como este, se pueda pagar durante mucho tiempo. Ese día recorrimos parte del centro y del barrio Pocitos.

Hicimos un par de compras, cocinamos en el hostal y ya en la tarde fuimos a lo de Javi, que resultó ser un sonriente anfitrión acompañado de sus dos perras golden de edad adulta: Luna y Lila. Javier vive en un cálido apartamento con piso de parquet y buena luz. Rápidamente nos sentimos como en casa al ver una maravillosa colección de piedras que nos recibía con todo su poder, a las que Diego se acercó como metal a un imán. En la terraza, una buena muestra de hierbas frescas fueron mi indicador de hogar ❤️.

Corrieron los mates y la conversación fluyó como el agua, hablábamos el mismo idioma. ¡Es tan lindo cuando eso sucede! Vivenciar las sincronías que nos entrega el universo generoso, darse cuenta, una y otra vez, día tras día, encuentro tras encuentro, conversación tras conversación que todo, absolutamente TODO está causalmente dispuesto y que está en uno tomar o dejar… que las casualidades no existen, así de sencillo. Y claro, como suele suceder cuando la conversación es buena, se nos hizo hora de comer y decidimos partir, prometiendo dejar conversación para el fin de semana pues Javi nos invitó a las Sierras de Minas, lugar donde junto a su madre construyó recientemente una casita y -¡oh!- justamente tenía planeado ir de viernes a domingo con un amigo y su chica. Para nosotros no sólo sería conocer un lugar que no teníamos registrado en nuestro mapa de viaje, sino también nos significaba adelantar 100 kms. en la ruta hacia la frontera con Brasil.

Viajamos el viernes por la tarde en la Renault Kangoo de nuestro amigo. Nos abastecimos de lo básico para comer, Subimos las bicicletas, nuestro equipaje, la bicicleta de Alejandro (el amigo antes mencionado), un calefont para la recientemente construída casa, a Luna, a Lila, a nosotros mismos y bieeeeeeen ajustados de espacio, partimos. El trayecto no sería demasiado largo así es que el no viajar del todo cómodos no era un problema. Unos 40 kms. antes de llegar a destino pasamos por Playa Verde, lugar donde vive Alejandro y ahí dejamos su bici y subimos a la Kangoo a su perro Gopi y a su chica, Nicole, que resultó ser una pelirroja estudiante de cine, cuyas manos prepararon unos maravillosos chapatis al desayuno ¡Qué lindo!

Aunque llegamos de noche y sin luz eléctrica en el lugar, ya pudimos apreciar la inmensidad de las sierras y la espectacular arquitectura en bioconstrucción de la casa: se trataba de un octágono hecho de una especie de pulcro adobe (mis disculpas a los entendidos en la materia sé que no era exactamente adobe la materialidad pero no registré con mayor precisión en mi memoria), baño seco, horno a leña y variados y preciosos detalles decorativos como puertas y ventanas de construcciones antiguas, un mesón central de cocina de gruesa madera nativa y pequeñas ventanas de colores que, no por casualidad, coincidían con los 7 chakras, entre otras cosas que aún se encontraban en desarrollo. Esa noche, luego de una botella de vino y un exquisito plato de pasta, nos fuimos a dormir con el ensordecedor silencio nocturno que complementaba en perfecta sinfonía con el soplido del viento y el incesante tamborileo en distintas tonalidades de algo que no lograba identificar hasta que pregunto y me aclaran que son nada menos que ¡ranas! Guaaaaaaau, ¡ranas! No podía creer lo que mis oídos estaban recibiendo, en varias oportunidades he escuchado el croar de las ranas, pero esto, créanme, era muy distinto. De verdad sonaban como tambores, ¡qué sorpresa más grande!

El día siguiente fue muy tranquilo; caminamos por el lugar y nos detuvimos en cada especie de flora y fauna que se presentó ante nuestros ojos. A pocos metros de la casa había un bosque de una especie llamada Coronilla y el escenario era como cualquier paisaje de El Señor de los anillos… ¡simplemente de fantasía! En la noche, Alejandro se lució con una muzzarella hecha en el horno a leña que estaba realmente exquisita, a pesar del rabeo del chef por no tener todos los ingredientes que quería (esas cosas que sólo los chefs entienden, mientras los comensales nos chupeteamos los dedos haciendo absoluto caso omiso de sus quejas). El domingo nos levantamos cuando aún no salía el sol, ya que Javi tenía que estar a las 8:30 am en el campo de fútbol cerca de MVD para jugar un partido de la liga, cuestión que, a pesar que todos estábamos advertidos y de acuerdo, nos pesó inevitablemente, jeje. Y nada, cerca de las 7:00 am ya estábamos todos arriba de la Kangoo, agradecidos de la estadía, del lugar, de la comida y las conversaciones compartidas. Poco antes de las 8:00 am nos bajábamos de la camioneta en la ciudad de Pan de Azúcar, listos para ajustar los últimos detalles antes de iniciar el primer pedaleo con destino al Chuy, ciudad fronteriza mitad uruguaya, mitad brasilera.

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