No hay mal que dure mil años…

A ratos la vida se encarga de gritarnos en la cara que todos tus problemas no tienen solución, que los límites que puedes llegar a alcanzar son sólo una utopía y que cada vez que quieres ver la luz llega un nuevo conflicto a escupirte en la cara. Pero tú sigues ahí con esa sonrisa dibujada, con esa cara de: “estoy bien”, con esa actitud positiva.

Qué sacamos con siempre mantener una actitud positiva si son tus propios pares los que se encargan de derribarte, si todos en los que de verdad debieras apoyarte cada vez te tiran más para abajo, qué cosa peor nos puede pasar que aquellos a los que amamos se transformen en sinónimo de conflicto y que con el dolor de tu alma descubras que son finalmente tu piedra de tope.

Se supone que después de tres malas viene una buena, pues bien, llevo 15 pares de malas y aún espero la buena. Y no es que sea pesimista, pero también una vez me dijeron que Dios te mandaba la cantidad de cruces que tus hombros pudieran soportar y déjenme decirles algo, no tengo unos brazos tan grandes ni músculos que quieran seguir resistiendo. Y seguramente en este momento más de alguien pensará; “siempre existen otros que tienen más problemas”, y seguramente es así, pero como no he experimentado ese nivel de problemas no puedo llegar a visualizarlos.

Quiero creer que este es sólo un estado temporal, porque en este minuto de verdad siento mucha rabia, pena y frustración. Como es lógico en mí siempre suelo descargar escribiendo, porque una vez más soy incapaz de proyectar mis problemas y compartirlos concretamente con los demás.

Creo que la única reflexión lógica que podría llegar a tener en este minuto es que nadie muere ahogado en sus problemas, que por mucho que nos acostumbremos a sufrir siempre tendremos que sacar de nuestro camino a aquellas personas que nos dañan, y por mucho que nos cueste aceptarlo es necesario caer mil veces para levantarse más fuerte.