Una ruta accidentada – Capítulo 05 del viaje

Esta nota sí que tardó! Brasil nos ha mantenido tan absortos que recién hubo minuto para continuar los relatos viajeros. ¡Disfruten!

El despertar en Oceanía del Polonio fue a tono con el lugar: silencioso y tranquilo. Con la paz de la mañana y un nuevo sol regalándonos su calor, tomamos desayuno y preparamos nuestras cosas para volver a la ruta.

Ese día pedaleamos tranquilos 22 kilómetros hasta llegar a Valizas, otro conocido balneario de Uruguay. Se trataba de un pueblo pequeño y más hippie que otras playas del país, con no más de dos calles principales y algunas pequeñas que las cruzaban, en caminos exclusivamente de polvo y arena. En cuanto llegamos nos dispusimos a buscar un camping donde alojar y tras ver el 80% de las instalaciones cerradas, dimos con «Lucky Valizas», un eco camping con algunas habitaciones para los más cómodos.

Motivados por las lindas instalaciones a un precio asequible, esta vez decidimos jugar a la comodidad y tomamos una habitación por dos noches. El lugar constaba de todo lo necesario para la estadía: cocina comunitaria, baños, duchas, conexión wifi. El local estaba comandado por Luciana, una argentina que reside en el lugar hace más de 20 años, aunque quien nos recibió fue Silvano, un brasileño que llegó hasta allá para un viaje de 3 semanas… y ya llevaba 3 meses. Los dos días que pasamos en el lugar los aprovechamos para descansar y recorrer los alrededores. Fuimos a la playa y pensamos en hacer las 3 horas de caminata hasta el famoso Cabo Polonio, pero desistimos ante la satisfacción que nos dio una exquisita caminata por las dunas cercanas en un atardecer glorioso.

El jueves 18 de mayo ya nos subíamos nuevamente a nuestras bicicletas para continuar el camino, cuyo siguiente destino era Punta del Diablo. Los 62 kilómetros que nos distanciaban del lugar nos hicieron dudar, sobre todo porque el clima se veía bastante inestable, así es que nos propusimos un plan B en caso de lluvia o mucho cansancio. Y tal como sospechamos, cuando iniciábamos el pedaleo nos golpeó la lluvia y aún así seguimos pedaleando. Más adelante, un nuevo chaparrón nos obligó a parar y estuvimos un rato haciendo dedo, sin tener suerte. A media tarde llegamos hasta el acceso de la ciudad de Castillos, nuestro plan B, al que llegamos justo antes de que nuevamente el cielo mandara lluvia. Nos detuvimos en un lugar techado: una oficina de turismo que se encontraba cerrada, lugar que nos pareció un buen refugio para pasar la noche. Pero antes de desmontar las bicis y armar campamento, cuando la lluvia paró, fuimos pedaleando hasta la ciudad (que hasta me atrevería a llamar pueblo), un lindo lugar de pocas calles abarrotadas de comercio y viviendas.

Sacamos plata del cajero, que a esta altura ya se nos había terminado por completo y compramos algunos abarrotes para los siguientes días. Cuando estábamos volviendo al lugar que habíamos identificado para dormir, Diego dudó del camino que estábamos siguiendo y dio un inesperado giro, volviendo a bajar por la calle por la que veníamos y virando rápidamente a la izquierda, en un movimiento hábil. Yo, que venía a una corta distancia, quise seguirlo y cuando giré el volante para dar la vuelta en U, no pude controlar el peso de la bicicleta y, víctima de la gravedad, pasé por arriba del volante y me di flor de porrazo en plena calle. El dolor del golpe impidió que me levantara de inmediato y ahí quedé, tirada en el pavimento y llorando, mientras Diego venía a mi encuentro raudo.

Recibí el golpe con el costado derecho del cuerpo. Lo que más me dolía eran las costillas y respirar me hacía contraer involuntariamente el cuerpo. Cuando pude pararme y al tiempo que Diego sacaba la bicicleta del medio de la calle, me senté en la cuneta y chequeé más certeramente el dolor que sentía. De inmediato supe que sólo se trataba de una contusión y no de una quebradura o algo similar, pues el dolor no acusaba una lesión mayor. Aún así pasaron varias semanas antes de dejar de sentir molestia en las costillas y los moretones en la zona, cadera y muslo sumados, se mantuvieron por varios días. Esa noche y las siguientes dos, dormí más mal que bien, lamentablemente.

Con costalazo y todo, volvimos pedaleando hasta el acceso a la ciudad y armamos la carpa antes que empezara a llover nuevamente. Cuando estábamos en plena tarea, llegó hasta nuestro improvisado refugio un chico preguntando si podía también acomodarse en el lugar para pasar la noche. Se trataba de Mario, un uruguayo que llevaba 7 años viviendo en Brasil y se encontraba regresando a su pueblo natal, cerca de Punta del Este. Iba a darle una sorpresa a su mamá, a quien no veía en todo ese tiempo. Mario había salido de casa a los 17 años, impulsado por la mala relación que tenía entonces con la pareja de su progenitora y ahora venía jugando a la vida, entre caronas (como se le llama a hacer dedo en Uruguay y Brasil) y comidas mendigadas. Llevaba con él tan sólo una mochila de mano que ni siquiera iba llena. Su sonrisa y buena onda se percibía a la distancia y rápidamente entablamos conversación los tres, contándonos, un poco, la vida.

Con Diego quedamos muy sorprendidos de su historia y nos mantuvimos reflexivos por varios días, admirando su desapego, entrega y confianza en el universo, ¡tremendo maestro para nosotros! Cuando ya oscurecía nos metimos a la carpa y dejamos a Mario todo el espacio que ofrecía la garita (imposible invitarlo a dormir en nuestros 2×2 mts.) Poco antes de quedarnos dormidos, escuchamos que Mario hablaba con un par de personas más y, al compás de la lluvia, a mí me empezó a bajar el miedo. ¿Y si todo lo que nos había contado era mentira y simplemente quería robarnos las bicicletas? ¿y si las personas con las que ahora hablaba eran nada más que sus cómplices? ¿y si además de robarnos me violaban después de patear a Diego en el suelo, obligándolo a mirar? Yayayaya, mucha teleserie Anika, nada malo va a suceder, ¡duérmete! Y entre truenos, relámpagos y un viento que parecía que nos haría volar cual Dorothy, nos dormimos.

Despertamos con la primera luz del día y nos quedamos un rato en la carpa. Afuera seguía lloviendo, tras la tormenta de la noche anterior, que había sido poderosa. Cuando sentimos que la lluvia amainaba, salimos de la carpa y nos encontramos con una segunda carpa a nuestro lado, que pertenecía a los dos tipos que habíamos escuchado hablar con Mario la noche anterior. Se trataba de dos viajeros, también uruguayos, que venían desde Punta del Diablo en dirección a Punta del Este, en busca de trabajo. La energía de ellos era muy distinta a la de Mario: había aires de conflicto en el ambiente, pero no con nosotros, sino entre ellos. Sospechamos que eran pareja, aunque nunca lo evidenciaron y uno de ellos pasaba la mayor parte del tiempo entre quejas y lamentos, mientras el segundo, un grandulón de mirada dulce, buscaba permanentemente la forma de suavizar a su compañero, sin conseguir demasiado. Ese viernes llovió prácticamente todo el día y a pesar de eso, nuestros 3 compañeros de refugio decidieron continuar moviéndose y hacia la tarde, nos despedimos. Nosotros nos mantuvimos en el lugar, entendiendo que mientras no escampara, sería difícil volver a la ruta. El pronóstico anunciaba un sábado sin lluvias, así es que esa noche nos dormimos confiados.

Amanecimos el sábado 20 de mayo con un radiante sol. Era nuestro cumpleaños y junto al cálido sol teníamos motivo suficiente para pedalear con entusiasmo hasta Punta del Diablo. Cuando empezábamos a desarmar nuestro campamento, llegaron dos señoras y un caballero a abrir el puesto, que más que ser una oficina turística, como anunciaba, se trataba de un negocio de venta de productos artesanales entre los que destacaba los tejidos de las señoras, además de mermeladas caseras, miel, quesos y algunas otras preparaciones. Los tres se mostraron muy amables y sin ningún conflicto con nuestra presencia, entendiendo de antemano nuestra necesidad de refugio ante la tormenta. Cuando estábamos por partir, dos policías llegaron también hasta el lugar y mientras nos pedían nuestra documentación, nos informaban que en todo Uruguay está prohibido acampar fuera de las áreas dispuestas para eso, a lo que respondimos, muy tranquilamente, que no lo sabíamos y que, por lo demás, la lluvia nos había pillado en plena ruta, con lo cual no habíamos tenido mucha más alternativa, siempre en tono calmo, sin ánimo alguno de provocar a la autoridad, jejeje.

Ellos jugaban al poli bueno / poli malo, pues mientras el más grandote nos hablaba seriamente sobre los peligros de acampar en la carretera y, de paso, nos advertía que si no fuera porque ya estábamos partiendo, nos tendría que llevar a la comisaría, el otro, más joven y de baja estatura, nos deseaba el mejor de los viajes. Y bueno, ¡partimos! El aire se sentía fresco y limpio tras la lluvia, algo que se agradece al pedalear. En el camino compramos un trozo de queso artesanal y unos pancitos amasados que sirvieron de buen desayuno. Aún nos quedaban unos 35 kilómetros hasta el destino de ese día, así es que rápidamente volvimos al pedaleo. Cuando estábamos pasando por el cruce hacia Punta del Diablo, nos detuvimos a discutir la posibilidad de no entrar al pueblo y continuar unos kilómetros más allá, hasta el Parque Nacional Santa Teresa. Diego tenía ganas de pasar a conocer el Fuerte Santa Teresa y aprovechar de acampar en el camping habilitado dentro del parque. Llegamos así hasta el acceso al parque y nos sorprendimos con los $220 que costaba el camping POR PERSONA (unos $5.500 chilenos), considerando que no tenía wifi ni agua caliente, ante lo cual desistimos y regresamos hacia Punta del Diablo.

En el camino nos pilló una nube bien cargada de agua y quedamos bien mojados, pero todo mejoró al llegar al pueblo y encontrar un hostel que, si bien se escapaba un poco de lo que esperábamos pagar, lo ameritaba… ¡estábamos de cumpleaños!.

Después de instalarnos, darnos una buena ducha caliente y comer un reponedor plato de tallarines con verduras, salimos a la calle a recorrer el pequeño lugar, que mantenía prácticamente todo el comercio cerrado, lo que frustró mis ganas de comer mi pedazo de torta cumpleañera. Y una vez más, al siguiente día, ya estábamos arriba de las bicis para los siguieeeeeentes 21 kms. hasta el pueblo de La Coronilla, el último destino antes de llegar a la frontera con Brasil.

Continuará!! Pueden seguir leyendo nuestras aventuras a través de nuestra página de los Mochicleteros!