Una carta de mi pareja, Diego

Mi nombre es Diego, tengo 25 años. Esta es la historia de por qué viajo, conocer lugares increíbles es solo la consecuencia, yo viajo para aprender y desaprender, para verte en mi y verme en ti.

Nací y viví toda mi vida en Conchalí, una pequeña comuna en la capital de Chile. Toda mi vida fui una persona muy curiosa y preguntona, más aún de pequeño, de los que sacan de quicio a más de alguno. En mi infancia soñaba con ser un inventor, como el padre de Tommy Pickes, el personaje principal de los Rugrats y también con ser un explorador, inspirado en Tomb Raider y cuantas series y juegos de aventuras.

Al llegar a mi juventud me incliné por el rubro de la mecánica, finalmente y con gran esfuerzo, estudiando para ser un ingeniero cómo mi padre siempre quiso. En el intertanto y consumido por las presiones sociales, mis mayores sueños eran acumular mucho dinero, para tener una casa increíble y más de algún auto sorprendente para sentirme mejor que los demás, por fortuna y gracias a muchos maestros, logré ver a tiempo que eso era sólo lo que mi gran ego quería, ya que realmente las posesiones materiales no me hacían feliz.

Por diferentes medios llegó ese tan maravilloso día de tomar el valor, soltar los grandes miedos y salí de viaje mochilero. Junto a dos amigos, me fui a Bolivia, pero sólo volví junto a uno, al pasar un mes entre el altiplánico país y Perú. Y así como alguien me dijo por ahí: «ah, te lanzaste a la vida» por el hecho de salir un mes entero sin pensar en mi futuro laboral. Por suerte fue así, tan sólo un mes bastó para que al volver a mi casa yo no fuera el mismo. Perdí mucho en ese viaje, ya no me interesaba un auto mejor que el de nadie ni tener más cosas, ya había terminado mi carrera y se esperaba que al volver de mis «vacaciones» me centrara en un trabajo estable y bla, bla, bla.

A decir verdad, al volver de ese viaje donde vi la realidad con mis propios ojos, donde conocí Bolivia y Perú como realmente eran, no sólo como la tele los muestra, sino como mi ser experimentó y miró en lo profundo de esos ojos, donde logré sentir que eran más que gente de los países del lado, por qué me vi en ellos y parte de mí quedó allá, esa parte nunca más volvió, y apareció un nuevo Diego, uno que experimentó que para viajar a otro país no se necesita tener mucho dinero, más bien se necesita valentía, coraje y decisión, por que cuando eso te llega, las puertas de los caminos se van abriendo solas y los compañeros van llegando o tal vez siempre estuvieron ahí, sólo estuvieron esperando.

Al poco tiempo me encontré con mi actual compañera mochilera, Anika. La vida nos juntó (esa es una larga historia para otra oportunidad) y ahora viajamos, desde ya un buen tiempo. Después de conocer de cerca algunos países vecinos de Sudamerica, el viento nos trajo hasta Turquía donde día a día nos sorprendemos de sus paisajes, sus comidas, y lo mejor y más valioso: el calor de sus personas.

Cabe destacar que de los 45 días ya en tierras turcas, no hemos gastado ni un solo dólar en hospedaje. Ahora no sabemos cual será nuestra próximo destino, solo estamos aquí y ahora por la costa del mar Egeo, creyendo que tal vez pueda inspirar a alguien mas a viajar, a descubrirse a dejarse sorprender y soltar la ilusión del control, que aun que a nuestro ego le cuesta tanto aceptarlo nada esta bajo control!

Dale, solo cierra los ojos y salta.