“Más personal, más creativo”: El glorioso retorno de la mirada de autor a los premios de la Academia

Por Tobías G. Palma

«Cuando era joven y estudiaba cine había un dicho que asimilé muy profundamente: ‘Cuanto más personal seas, más creativo serás’ y esa cita es del gran Martin Scorsese», dijo Bong Joon-ho al recibir el premio a Mejor Director, encapsulando involuntariamente a la brillante generación del 2020.

Vamos a hablar de Parasite por muchos años. Y cómo no, si ya era una película importante antes de sus cuatro Oscars, que la han convertido además es un hito en la historia del cine. Por fin una película de habla no inglesa se gana un espacio en la mañosa e irregular lista de las Mejores Películas de la Academia. Y todos felices, porque sí, lo merece.

Pero el laureado triunfo de Parasite le está haciendo sombra a una selección de películas que en un año normal habrían ganado fácilmente la estatuilla dorada. Y no solo eso; Parasite forma parte de una interesantísima camada de cine de autor como hace mucho tiempo no veíamos en Hollywood.

Mucho se ha discutido – no falto de razón – que en la última década la gran industria norteamericana ha pecado de falta de originalidad, exceso de remakes y de privilegiar la apuesta segura. Este año, en cambio, entre las nominadas a Mejor Película ninguna era una película mainstream, un blockbuster de género, si no más bien obras con el fuerte sello de sus autores, algunos incluso desafiando las convenciones narrativas de su supuesto género, pervirtiéndolos o elevándolos, y otros llanamente saliéndose de cualquier convención, como la misma Parasite.

Por supuesto, no hay nada de malo en el cine de género. Todo lo contrario; nos permite establecer códigos y relacionarnos con ciertos temas, ciertos valores estéticos y simplemente con nuestros placeres (y perversiones) más íntimos. Uno de los mayores problemas de los géneros es que cada cierto tiempo se estancan: repiten sus códigos, vuelven sobre sus temas y se vuelven demasiado reconocibles, a veces hasta predecibles. Y ahí es donde entran los autores. Los autores no son quienes operan fuera del mainstream, que evitan las convenciones o que desprecian hacer lo mismo que hace el resto. Por el contrario, son quienes más aman las convenciones; las manipulan, las manosean, las deforman, las destruyen y las hacen de nuevo. Ponen su sello individual y sus obsesiones personales en las obras inconfundibles que producen. Son los autores quienes, cuando un género se estanca, llegan a rescatarlo y a darle nuevos códigos, nuevos temas, nuevos placeres y nuevas perversiones.

Y este año tenemos mucho de eso.

1917 quizás es la que más se enmarca dentro de un género, el cine de guerra, pero la excelencia técnica y, sobre todo, la destreza lírica del equipo Mendes & Deakins empujan la noción política y moralista que caracteriza al género, convirtiéndola más bien en una alegoría y una contemplación metafísica, acercándose más a Stalker de Tarkowski o La Delgada Línea Roja de Malick que a otras históricas exponentes como Full Metal Jacket, Apocalypsis Now o Salvando al Soldado Ryan – todas obras maestras. Precisamente, puede que el pecado de 1917 sea su ambigüedad contextual, el pertenecer y no al mundo de la historia misma, porque si bien es una historia de la 1ra Guerra Mundial, podría también ser cualquier otra guerra. Quizás su pecado es ser demasiado perfecta, y como toda sublimidad, se desvanece en el viento de lo abstracto y lo metafísico. Pero es cierto que si no fuera por Parasite, era la más probable ganadora.

La otra película de guerra es quizás la más elástica en términos de género. Jojo Rabbit es una apuesta arriesgadísima. No es la primera vez que se hace una comedia sobre Hitler o sobre los nazis, pero eso no lo hace menos desafiante. Taika Waititi – que se echó de menos entre los nominados a mejor director – sabía perfectamente que mucha gente iba a reaccionar a la idea de un Hitler gracioso, y también que su película podría ser particularmente sensible cuando el fanatismo racial y el racismo están resurgiendo en muchos lugares del mundo. Y así y todo, Jojo Rabbit logra mucho más que reírse de Hitler; también lo hace terrible, como el monstruo que todos sabemos que fue. Y lo hace no solo a través de la caricatura y la sátira, pero a través de una versatilidad narrativa que nos moviliza entre emociones a veces muy opuestas, como la risa, el miedo, la tristeza y la conmoción. Una comedia negra de guerra que, a diferencia de 1917, se sitúa perfectamente en su contexto y que nos muestra también el agotamiento y el absurdo de los días finales del conflicto, con un Sam Rockwell que es incapaz de creer en lo que es y que simplemente se lanza al vacío porque es lo único que sabe hacer; la triste metáfora de un pueblo engañado por creencias ilusorias y delirios de grandeza, convertido en un simulacro de sí mismo. Waititi, que viene haciendo gran comedia hace años, va añadiendo a su cine este tipo de sutilezas simbólicas que se están convirtiendo en uno de sus sellos. 

Little Women también adhiere un género, el drama de época romántico, agarrándose además de un material clásico y manoseado hasta el extremo, con el riesgo de limitarse al material original y quedarse en un empalagoso melodrama. Pero gracias al cielo tenemos a Greta Gerwig, que también debió haber sido nominada a Mejor Directora por haber elevado el género con una obra que, en su encantadora brutalidad, trasciende quizás la mayor limitante de la historia original: ya no se trata de una historia de mujeres y para mujeres, si no de un relato centrado en las devastadoras y emocionales actuaciones de todos sus personajes. Es quizás la más clara manifestación de un cine puramente feminista, que no necesita del discurso para equilibrar sus personajes, hombres y mujeres, en todas las dimensiones de la vida; laborales, románticos, espirituales, familiares, económicos. Es una película que neutraliza el cliché y lo transforma en pura emoción, con una narración que a ratos se sale de la pantalla y que concluye en una metafísica fantasía literaria que no sabemos si pertenece a la autora del libro, de la película, al personaje, a la audiencia, o a todos.  

En un mundo extasiado por los superhéroes, Joker es la perversión del género. Podremos discutir infinitamente si vale la pena encasillarla como una película de superhéroes, pero ahí radica parte de su valor; en retorcer y pervertir las nociones de las que nos hemos visto inundados en los últimos años. Después de decenas de películas de Marvel y un puñado de DC, Joker subvierte las construcciones morales de esos universos. Las películas de superhéroes – que han sido mañosamente evadidas por los teóricos de cine – es tremendamente moralista: nos otorga la versión actualizada al siglo XXI de quiénes son los buenos y quiénes son los malos y, a pesar de formar una especie de panteón de valores más o menos progresista, contribuye de buena forma al status quo. Pero entonces aparece Joker para quemarlo todo en un ejercicio herético y, por lo mismo, seductor. Un Joker que ya no es el malo y que viene a desafiar al 1% y a denunciar a esos mismos superhéroes que todo este tiempo lo único que hacían era proteger el orden establecido. No es de extrañar la fascinación que ha producido, además en tiempos en los que el orden social se remece en muchas partes del mundo, Chile especialmente.

Martin Scorsese, toda una vida haciendo películas de gangsters ítaloamericanos, es quizás quien más se encasilla en las convenciones de un género que él mismo ayudó a refinar. Pero después de una larguísima lista de historias morales – y hasta moralistas – El Irlandés, muy disimuladamente, nos entrega una inquietante ambigüedad, sin nociones claras del bien o del mal, y sin juicios sobre una violencia que aparece normalizada hasta el hastío. A diferencia de muchas de sus grandes obras, El Irlándes carece de espectacularidad – probablemente a propósito – centrándose en la mundanidad y hasta en el tedio de la vida del gángster. No hay grandes arrepentimientos, y la muerte como castigo parece hasta trivializada. Y eso, después de una vida determinando qué es bueno y qué es malo, resulta tremendamente inquietante.

Lo de Tarantino es un caso raro. Un maestro de los géneros, que ha basado su carrera en manipularlos y homenajearlos, aquí abandona casi cualquier pretensión de ceñirse a ellos. El resultado es curioso, pareciendo a ratos que se ha traicionado a sí mismo. Pero también es quizás su película más íntima, su homenaje más personal y, con ello, un primer atisbo a una mirada más desprejuiciada. Con Once Upon A Time In Hollywood, Tarantino parece mirar los géneros, junto a todo lo que forma el cine, desde afuera. Aquí no parecen interesarle las convenciones, si no el objeto mismo del cine. Por lo mismo es que es una película atípica para él, que nos tiene malacostumbrados a sus extravagancias y excesos, pero quizás es también una transición a un Tarantino más maduro, que ya consagrado esté buscando una mirada propia, en lugar de recurrir siempre a su enciclopédico arsenal de conocimiento cinematográfico.

Y bueno, Parasite decididamente se sale de cualquier clasificación de género. Y ni siquiera pretende acomodarse en uno. Por mucho que uno sienta la tentación de calificarla como comedia negra, la intuición sobre el peligro que sienten los personajes les impide alienarse de sí mismos y de sus propios temores. Parasite carece de la crueldad que caracteriza a la comedia negra porque, a pesar de lo absurda que pueda parecer la alegoria, estamos siempre muy cerca de los personajes. Y al mismo tiempo, es ese mismo absurdo lo que la aleja de la gravedad de la tragedia en su forma más tradicional. La cercanía emocional con los protagonistas es lo único que nos permite quererlos – y hasta admirarlos – en una serie de situaciones en las que el status quo nos impediría validarlos. Esa es la ruptura moral de Parasite; evidenciar la fría crueldad de un sistema vertical ingeniosamente retratado en la arquitectura, mostrando que esa crueldad es sistémica y no está necesariamente determinada por quienes habitan en ella.

Sería mucho asumir que esto anuncia un cambio, que de aquí en adelante primará la mirada de autor, pero sí podemos celebrar que este año, al menos a nivel narrativo, las candidatas al Oscar nos entregaron una rica variedad de puntos de vistas y de rupturas, muchas muy relevantes para el imaginario social. ¿Pero por qué es importante contar con estos autores, que a veces solo entregan miradas individuales e incluso elitistas? La paradoja de la autoría es que a través de la originalidad de su obra, los autores son capaces escarbar el terreno de la narrativa colectiva, remecer sus cimientos y volvernos a incomodar. Así como Taika Waititi sabía que Jojo Rabbit tendría detractores, toda disrupción al género – al status quo – es en mayor o menor medida incómoda, y viene a desatar una pequeña crisis narrativa. Esta incomodidad gozosa nos hace movernos en la butaca como para reorganizar nuestras propias emociones, que en los casos más felices, perdura por horas o días después de que se prenden las luces. Bendito sea que podamos hablar no solo de la destreza técnica de 1917, si no también de su conmovedora belleza estética. Qué bueno que haya gente a la que le molestó el Hitler de Waititi, así nos recuerda que aún le tenemos miedo. Alabado Joker por borrar el límite entre la pantalla y las calles del mundo, cuestionando quiénes son los superhéroes y qué defienden. Gracias a Greta Gerwig por hacernos creer que son nuestras fantasías las que vemos en la pantalla. Y que se abran los cielos para iluminar a Bong Joon-ho y su inquietante Parasite, de la que hablaremos por los siglos de los siglos, amén. 

 

* Columna por Tobías Tobías G. Palma. Contacto tobias.palma@gmail.com