La vida comienza a sincronizarse – Capítulo 07 del viaje

Los días que siguieron al pedaleo por Uruguay, fueron muy, muy locos. Un corto paso por Porto Alegre y ya nos subíamos a un segundo bus, rumbo a Florianópolis. Allá nos recibiría Gabriela, una cálida y receptiva brasileña con quien mi hermana había hecho amistad años atrás en Pucón.

Tras armar las bicis en la Rodoviaria de Floripa, nos lanzamos a pedalear los 16 kilómetros que nos separaban de Porto da Lagoa, el sector donde vive Gaby. Casi saliendo del terminal, en un semáforo pasé por el lado de un auto detenido para llegar hasta la esquina y no me di cuenta que en el suelo había barro, el que me hizo resbalar y me fui contra el auto golpeándome el costado derecho del cuerpo, especialmente cadera y muslo. Afortunadamente no fue más que el golpe y, de pasada, nada le pasó al auto (el dueño casi ni se inmutó). Igual me gané un nuevo moretón, nada extraño porque me marco con una facilidad increíble. En fin.

Poco menos de dos horas de intenso pedaleo (gran parte de la ruta la hicimos por la calle, en una sola vía por lo que llevábamos la presión de mantener el ritmo de los autos) llegamos a la casa de nuestra anfitriona, quien nos recibió junto a dos de sus hijos: Julia, una chica de 12 años que físicamente se veía más adolescente que púber, y Benedito, un pequeño de ojos aceitunados y dulces 20 meses de vida. Gaby, con su pelo estilo Marilyn Monroe, nos abrió las puertas de su casa muy amorosamente, nos ofreció fruta, una ducha y el patio para instalar nuestra carpa.

Mientras comíamos unos maduros y dulces caquis (muy diferentes a los chilenos, por lo demás), mantuvimos una prolongada conversación para contarnos, un poco, quienes éramos, a qué nos dedicábamos y una serie de detalles que nos fueron poniendo en contexto a ambas partes. Gaby, a un día de cumplir sus 39 años, madre de 3 (la menor, Manuela, a quien conoceríamos más adelante, estaba pasando una temporada con su papá en Curitiba), chef de profesión y corazón, vivía en casa de su mamá, Christina, con quien además trabajaba apoyando en la editorial de la cual es dueña y a la vez, escritora. Guau. De entrada me encontraba con un lugar donde se desarrollaban dos de mis grandes pasiones: la escritura y la cocina. Pura sincronía, como viene sucediendo en mi vida desde hace buen tiempo. Y si bien nos encontrábamos con un escenario muy “pintado” para mí, Diego también sintió que habíamos llegado a un buen lugar y que, de alguna manera, sería importante para ambos. Y ya les puedo asegurar que el movimiento energético que vivimos ahí, desde diferentes ángulos y puntos de vista, fue mucho más intenso y grande de lo que habíamos previsto.

Esa misma noche llegaba Christina, la dueña de casa, una mujer de descendencia alemana, nacida en la ciudad de Blumenau, en la región de Santa Catarina. Venía de pasar unos día en la hacienda familiar, ubicada en las Sierras de Santa Catarina, cercana al poblado de Urubici, a unas 3 horas de Florianópolis. Ella constantemente viajaba a “Canaán” (como nombró su padre a la hacienda, 30 años antes) a visitar a su madre y en ese momento se encontraba, además, avanzando con el proyecto de construirse una casa para ir a vivir allá y con la idea de armar una posada turística, a futuro. Gaby nos advirtió que su mamá era “un poco complicada”; una mujer de 60 años con sus mañas y no demasiado amiga de los cambios de rutina, quien, eventualmente, podría sentirse un tanto incómoda con nuestra presencia.

Así fue como iniciamos un período en esta hermosa isla, tiempo que se extendió mucho más de los días que pensábamos estar “de paso”, por ideas de proyectos que fueron surgiendo, planes que fueron armándose y desarmándose uno tras otro, conversaciones profundas y conexiones tan mágicas y sincrónicas que nos hacían sentir entre maravillados y asustados.

La comida fue uno de los principales temas que se mostraron durante nuestra estadía en Floripa: constantes preparaciones exquisitas, una infinidad de aprendizaje en cuanto a técnicas, estilos, nuevos usos de ingredientes y descubrimiento de la materia prima local fueron la constante en este loco tiempo, en absoluto deleite. Con Gaby fuimos desarrollando una amistad y un trío muy especial, pero con el pasar del tiempo fuimos sintiendo una energía confusa, extraña, algo que nos hacía sentir incómodos, como si dentro de todo este escenario maravilloso de sincronías y fluidas energías, algo no encajara del todo.

Junto a esto, físicamente nos empezamos a sentir algo cansados, de vez en cuando con dolor de cabeza y también nos enfermamos de la guata. Algo estaba pasando y Diego reaccionó más rápido que yo, levantando sus antenas y manteniéndose en alerta. Recurriendo a algunas herramientas y consultando un buen oráculo, entendimos que nuestras energías estaban siendo absorbidas, probablemente de forma inconsciente, por nuestra nueva amiga, quien venía pasando por un largo período de momentos complejos, y, al parecer, cerrando un importante ciclo de vida que la había mantenido por algunos años en un lugar con más sombra que luz. Muy oportunamente fuimos aconsejados para controlar energéticamente la situación e incluso abrimos el tema con Gaby, quien se mostró muy receptiva ante nuestro planteamiento y agradecida también por la ayuda que le ofrecimos, de manera de trabajar como un equipo, esto. La meditación, los baños de mar y los ejercicios de mentalización fueron, entre otras, las herramientas a las que recurrimos.

Buena parte de nuestros días en Floripa los dedicamos a trabajar en el lanzamiento de un libro de ficción escrito por Christina, con quien también desarrollamos una relación. En paralelo, yo fui traduciendo el libro del portugués al español, lo que me permitió ir aprendiendo bastante el idioma, pues con Gabriela la conversación era siempre en español. También quisimos armar un proyecto en cocina, pero por diferentes motivos y por más que fuimos buscando la forma de ponerlo en práctica, todo quedó en lindas ideas.

El tiempo comenzó a pasar rápido y días antes de cumplir 2 meses en la isla, Diego sintió la necesidad de partir a un viaje en solitario, algo que, aunque no tenía forma, tiempo, ni lugar definido previamente, veníamos conversando desde antes de salir de Chile. Así, a exactos dos meses de nuestra llegada a “Cassandra” (el nombre de la casa de Christina y Gaby), mi mejor partner del mundo se lanzaba a vivir su propia aventura, viajando a Foz de Iguazú. Yo me quedé en Florianópolis un tiempo más, continuando el trabajo que ya habíamos comenzado y viviendo mi propio proceso y posteriores definiciones para avanzar en este viaje que, como maravillosamente sucede en mi vida, viraba su rumbo y mostraba nuevas formas, nuevos horizontes.