Una hermosa ciudad con un doloroso pasado – Capítulo 09 del viaje

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Nuevo año es = nuevas aventuras. Ya son prácticamente 8 meses fuera de Chile y el último tiempo hemos acumulado un montón de historias que aún no hemos compartido, algunas de ellas probablemente quedarán sólo en nuestros recuerdos y en la memoria de sus protagonistas, pues -no es secreto para nadie- ese curioso y escurridizo elemento denominado “tiempo”, vuela.

Parque Natural Municipal das Andorinhas

En el último post, escrito hacia fines de noviembre, les contábamos un poco acerca de la granja familiar a la que llegamos a trabajar como voluntarios. Antes que eso, a principios de septiembre, un “resumen ejecutivo” de nuestro paso por Florianópolis y, entre ambos posteos, varias ciudades, personas, trekkings, encuentros, carretes, comidas y hermosas historias viajeras, juntos y separados.

A principios de octubre tuvimos un memorable paso por la pequeña, histórica y hoy universitaria ciudad de Ouro Preto, lugar que fue parte de la “Estrada Real” en el siglo XVII, durante la fiebre del oro, un camino que recorría la ruta de este mineral desde Diamantina hasta Paraty, en la costa, entre los estados de Minas Gerais y Rio de Janeiro. Este era el recorrido que seguía el preciado mineral extraído desde tierras brasileras por los colonos portugueses, hasta llegar a los barcos que lo cargaban y llevaban directo a Portugal e Inglaterra, hasta las manos de ambas coronas. Los detalles de esa historia son dolorosos, difíciles, inhumanos, pues quienes trabajaban desde la extracción hasta el transporte, pasando por la construcción de caminos, iglesias (por montones) y toda la infraestructura necesaria para dicho trabajo, eran esclavos negros, la mayoría proveniente de África. Registros y escritos acerca de la esclavitud y las condiciones en que vivían los negros en siglos pasados abunda en internet y en librerías, pero sumergirse en aquellos lugares donde la humanidad oscureció es sumamente intenso y difícil de aceptar.

Ouro Preto

Pisar aquellas piedras con las que fueron construidos los caminos hace tantos años; saber que cada roca fue removida por un ser humano catalogado de “animal” y tratado como un ser inferior, pasando hambre, maltratos físicos constantes (ni hablar del maltrato psicológico), llegando incluso a tener “granjas” en las que a los de menor estatura se les castraba para que no tuvieran descendencia (y así ir “mejorando la raza” en pos de la reproducción de hombres grandes y fuertes, para un mejor trabajo), es muy, muy triste de ver.

Pero hoy, 200 y más años después, la ciudad ha ido sanando aquella historia y una multitudinaria población universitaria habita las antiguas casas y caseríos, donde se han abierto “repúblicas”, nombre con el que hablan de una especie de fraternidades universitarias (como sería en EEUU). Las hay federales y privadas, unisex y mixtas, grandes, medianas y pequeñas, las más antiguas con 100 años de historia y otras abiertas durante el año en curso; todas ellas tienen nombre y su punto en común, además de ser el hogar de un grupo de estudiantes, es el prestigio buscado y, por lo general, ganado, a través de las “baladas”, “rock” o como comúnmente decimos en Chile: el carrete (o fiestas, en neutro). Porque sí, hoy por hoy Ouro Preto se ha transformado en el centro del carrete nocturno, con baladas de miércoles a domingo sin interrupciones, fiestas en que la cerveza se bebe sin demasiado control (difícilmente verás tu vaso vacío en algún momento) y la música y el baile son el alma de la noche.

Ouro Preto

Para llegar a vivir a una república hay ciertas vacantes que son ocupadas por los conocidos “bixos”, alias “mechones”, quienes entran a prueba durante un período indeterminado de tiempo (podrían ser varios meses), realizando diferentes labores domésticas como mantener el orden y el aseo, cocinar, ayudar en lo que se les pida y, una de sus tareas más importantes: mantener llenos los vasos de los comensales que llegan al rock. Algunas veces, los bixos deben llevar permanentemente un cartel -colgado del pecho y/o la espalda- que lleva su pseudónimo, el cual les fue dado al ingresar a la república. Es por esto que cada estudiante que mora en una república de Ouro Preto, tiene siempre un sobrenombre. Cuando los integrantes de la república estiman que ya es momento de aceptar a un bixo como miembro definitivo de la casa, se organiza un rock especial para esto y, sin que el bixo lo sepa de antemano, sus compañeros lo animan a beber hasta que pierda noción, momento en que podrá ver todas sus pertenencias repartidas por la casa y así vivir una especie de “bautizo” que lo consagra como integrante y le permite dejar -¡por fin!- el papel de bixo.

Otra curiosidad respecto a las repúblicas y sus “rocks” (una palabra que, personalmente, me costó un poco comprender, pues su pronunciación en portugués es algo así como “hoky”: la erre se pronuncia como si tuvieras la intención de empañar un vidrio con tu aliento y las palabras terminadas en “ck”, siempre las dicen como su realmente terminaran en “y”) es que los estudiantes y sus amigos se pasean de una república en otra durante la noche, lo que se traduce prácticamente en un rotativo de lugares y personas que puede alcanzar sin problema 3 o 4 casas, con lo cual puedes ver bastante movimiento de jóvenes con un vaso plástico en la mano paseando por las calles durante toda la noche. No está de más decir que para entrar a una república debes haber sido invitado por algún miembro de ella, o bien pagar unos R$20 (como 4 lucas chilenas), como hacen normalmente los turistas que quieren vivir la experiencia. Así también, muchas repúblicas abren sus puertas al hospedaje de visitantes de diferentes ciudades del país y/o extranjeros, que por módicos R$25 (5 lucas chilenas) te permiten una cama en alguna habitación privada o compartida (depende la suerte) y claro, el libre acceso al rock, si es que hubiera. En nuestro caso, tuvimos la suerte de quedarnos en la República Dama de Copos, donde fuimos recibidos a través de Couchsurfing por nuestra querida Paula de Melo y sus 8 compañeras de casa, quienes nos abrieron las puertas y nos compartieron su espacio con mucha calidez y buena onda. Nuestra anfitriona, además, nos presentó y acompañó a conocer el Parque Estadual Andorinhas, lugar al que volvimos unos días después a acampar y recorrer más extensamente. Un lujo de lugar que quizás no hubiéramos encontrado de no ser por nuestra querida Paula🙂 Ese es, en parte, el mundo de las repúblicas.

Río arriba en Andorinhas

La belleza y calidez de esta preciosa ciudad nos envolvió y nos hizo quedar durante 2 semanas, tiempo en el que pudimos recorrer buena parte de ella y que nos permitió realizar dos travesías: la ya mencionada en el parque Andorinhas, donde acampamos dos noches, caminamos por sus senderos e incluso por el cause del río (espectacular) e incluso hicimos amistad con el colombiano Andrés (otro viajero de largo tiempo) y luego de unos días de descanso hicimos la travesía del Parque Itacolomí; en tres días y tres noches de intenso trekking que nos llevó no sólo a la emblemática cima donde se encuentra el “pico Itacolomí”, una formación rocosa de inmensa magnitud que, desde la ciudad, se ve como el pico de un papagayo, sino también hasta el pequeño pueblo de Lavras Novas, lugar que queríamos visitar por algunas recomendaciones y por ser parte, también, de la “Estrada Real”. Sin alguna vez viajan por Brasil y quieren visitar alguna parte de Minas Gerais, Ouro Preto queda entre nuestros favoritos por su historia, diversidad, entretención, belleza y su hermosa gente. ¡Volveríamos sin dudarlo!

Despidiendo Ouro Preto y sus iglesias

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