Ser pensante

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Hay kilómetros de distancia entre una persona pensativa, otra que piensa por inteligencia y los pensadores crónicos. Las personas que son pensativas son aquellas que se van en sus volás místicas, hasta tienen un aire bohemio; los que piensan por inteligencia son los que saben pensar, derechamente, saben mucho, ocupan la lógica y luego están las personas como yo: pensadora crónica.

Hola, mi nombre es Nerd Sin Vida y sufro de este mal desde siempre.

Cuando era más pequeña era menos terrible, no tenía nada interesante en lo que pensar más que en el colegio, así que enfoqué mis pensamientos en soñar despierta, imaginar y escribir. De vez en cuando me gustaba un chiquillo, siempre he sido enamoradiza así que tornaba cada pensamiento en él, imaginaba nuestros hijos, nuestro matrimonio y cómo sonarían nuestros apellidos (obvio que Disney me corrompió) .

En mi adolescencia fue algo más grave, no paraba de pensar. Que el colegio, que la organización, que la autoestima, etc. En 2do medio conocí a un cabro. “El carboncito” le decía, por su tez morena. Me enganché tanto que lo pensaba mucho; de vez en cuando me iba a buscar al colegio y pensaba todo el día en la salida, en lo que hablaríamos, en si me pediría pololeo. Como éramos solo amigos, me negué a darle mi primer beso de verdad (en realidad mi primer beso lo di a los 13 años pero nunca lo consideré), él lo intentó varias veces pero yo me mantenía firme porque quería que me demostrara que se lo merecía. Un día me fue a buscar al colegio, caminamos hasta la entrada de la villa donde vivía y ahí me dijo “me gustas, pero eres muy fría, deberíamos ser amigos”.

Me destrocé, algo en mí murió ese día, algo se quebró. A mis 15 años me negué a llorar frente a él y con la misma frialdad de la que me acusó le dije que no importaba, me despedí y me fui dejándolo inmóvil en aquella esquina. Mi cabeza se revolucionó, mientras lloraba pensaba y pensaba, me traté pésimo porque sabía que la culpa había sido mía, “debí haberle dado el beso, qué idiota”, “nadie nunca me va a querer”, “no puedo ser tan cartucha”, “apuesto que le gusta la otra mina”. Siempre he sido durísima conmigo misma y esos pensamientos realmente pasaron por mi mente, pero cesaron y los reemplacé con frases de apoyo, me convencí que yo no tuve la culpa de nada, había hecho lo correcto y él se lo perdía. Cuando supe que había iniciado una relación a los pocos días de haberme roto el corazón (con la mina que siempre sospeché), supe que yo había tomado las mejores decisiones.

¿Recuerdan que dije que algo en mi se había muerto? Descubrí que fue el autoestima, me dejó por el suelo y no aumentó con el tiempo. Cuando estaba por salir de cuarto hablaba con otro niño que era mi mejor amigo, le contaba todo y él a mi. Comencé en ese tiempo a querer bajar de peso, no estaba muy conforme, él me decía que no estaba gorda. Un día, después de pensar mucho cómo hacerlo, le dije que me gustaba por un mensaje en Facebook, acto seguido, cerré el notebook y esperé. Mi mente me bombardeaba, me arrepentí, era mala idea, qué se supone que él diría, obviamente yo no le iba a gustar. Temerosa prendí el computador para ver si había respuesta y ahí estaba, él muy confuso preguntaba por qué él me gustaba, trataba de darle una explicación para luego concluir con que yo también le gustaba pero necesitaba tiempo para procesarlo todo.

Pasó una semana, UNA SEMANA en que técnicamente morí de ansiedad, lloré mucho y me castigué psicológicamente, pensé en todas las respuestas que él me podría decir y las que yo le daría, pensé en cómo nos veríamos si él era de Santiago y yo vivía en Curicó en aquel entonces, cómo lo presentaría, en fin. Decidí hablarle para preguntarle si lo había procesado y me respondió como quien quiere salir rápido de un mero trámite, parecía como si en esa semana se le hubiera olvidado y debía inventar una respuesta en el momento; petulántemente me dijo que no quería tener nada conmigo, no quería tener una relación a distancia ni ser el primer amor de nadie. 1 mes después inició una relación con una niña de Chiloé. Cientos de kilómetros más lejos que donde yo vivía. Me destrocé nuevamente, me cuestioné frenéticamente qué es lo que hacía mal, por qué parecía alejar a la gente, quizás era muy fea y gorda como para que alguien me tomara en cuenta. El autoestima siguió en el suelo, distante.

Cuando entré a la U todo estaba mejor, nadie me conocía, planteé qué clase de impresión quería dar y finalmente lo olvidé y me presenté tal cual era, pasé por varios grupos. Siempre pensaba que quizás yo era muy aburrida, no sabía de qué hablar, pensaba constantemente en lo que los demás podían pensar de mí, quizás aparentaba mucha cara de ñoña. Al pasar del tiempo me empezó a dar lo mismo lo que otros pensaban, bajé de peso y me sentía mejor conmigo misma, más bonita, tenía amigos que me agradaban mucho, nuevamente no tenía mucho en que pensar hasta que conocí a un hombre que he mencionado en columnas anteriores, con él pensaba todo, me aterraba que me pasara lo mismo que las veces anteriores. Pensaba muy bien qué decir y qué hacer para llamar su atención, si iba a mi casa pensaba muy bien qué ponerme, me organizaba de una manera brutal, pedía consejos, me quedaba hasta tarde solo para hablar con él y cuando ya me había enganchado fui más allá, me la quería jugar por él así que comencé a planear todo de manera exagerada, revisaba mi plata, el calendario y tanteaba el terreno de manera obsesiva, tanto era que hasta soñaba con él. Tenía todo un plan, el cual no fue desplegado porque me rechazó antes. Me entristecí de tal modo que empecé a ser más dura conmigo misma.

Al llegar la noche lloraba y mi mente me azotaba, me cuestionaba el por qué era tan tonta, me prometí jamás volver a fijarme en alguien, no tenía hambre y la inseguridad se fortaleció, “obvio que no me iba a pescar,” “no le quise dar mi virginidad”, “cómo no se iba a aburrir si nunca tiraron”, me dijeron una vez. Dejé pasar un tiempo y de porfiada un día di rienda suelta al plan que tenía porque no estaba conforme, me la jugué de todas formas. La respuesta fue la misma pero sentí una paz interior, la misma que sentí cuando supe que había sido lo correcto no darle el beso al carboncito en segundo medio. Ahora reafirmaba el por qué nunca quise dejar de ser virgen con él, algo en el fondo me decía que no me quería como él decía y no lo merecía. Sorpresivamente mi autoestima subió considerablemente, me sentía linda, llamaba la atención y había dejado de pensar tanto.

Este año apareció otro personaje y los pensamientos afloraron en crisis de pánico, no puedo avanzar mucho por miedo, soy como un vehículo: avanzo un poco feliz, confiada sobre el pavimento pero luego me detengo por miedo a entrar en un camino pedregoso. Los fantasmas de aquellos que algún día me rechazaron de maneras brutales me atormentan, me detienen, hacen que me cuestione absolutamente todo. No sé cómo dejar que todo tome su curso, me es imposible no pensar en lo que pasará, en la manera que me dirá que no puede continuar con esto y a la vez en cómo un día puede decirme que lo quiere intentar, me niego a engancharme, no quiero que me pisoteen de nuevo. Son miles de pensamientos al mismo tiempo.

Cada vez que nos juntamos practico lo que quiero decir, pienso mis respuestas y las suyas, la ropa, el plan paso a paso, todo es pauteado en mi mente, pero luego nada sale según el plan, termino confundida, dubitativa, con miedo y feliz al mismo tiempo. Quisiera dejar de pensar, nada bueno sucede cuando se piensa todo, es dañino, te amarra y esconde los impulsos.

Lo que puedo concluir es que pensar, analizar y cuestionar todo no lleva a ningún lado y sé que todos los que somos pensadores crónicos desearíamos tener un botón de apagado, porque es estresante, nos hace ser raros, robóticos e inhiben actuar impulsivamente, con el corazón porque aunque lo hagamos, pensaremos igual y si eso lo combinan con ansiedad, es una mezcla mortal sin duda alguna.

 

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