¿Seguimos o regresamos? – Capítulo 06 del viaje

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El que creíamos que sería último día de pedaleo por Uruguay, no fue tal. Desde Punta del Diablo hasta Chuy nos separaban aún 44 kms. y aunque los pedaleáramos, sabíamos que íbamos a dormir a las afueras de la ciudad, para, al día siguiente, subir las bicis arriba de un bus que nos llevara más al nordeste (a esa altura, prácticamente ya habíamos decidido avanzar un poco sin pedalear). Pero veníamos con un ritmo de pedaleo bajo y cuando nos encontramos a las afueras de La Coronilla, 21 kilómetros más adelante de Punta del Diablo, decidimos entrar a conocer.

Se trataba de un pueblo pequeño, aunque no tanto como Valizas. Sus calles eran mayormente pavimentadas y deben haber sido unas 10 cuadras, atravesadas por una gran avenida y dos más pequeñas a los costados (quizás un poco más, ¿12?, ¿14?). Las casas eran muy lindas y los jardines cuidados y ordenados en su mayoría, manteniendo una armonía muy agradable a la vista.

Poco antes de llegar al final del camino, nos encontramos con un letrero que señalizaba un puente colgante. Qué nos dijeron a nosotros, ¡allá fuimos! Cuando ya no pudimos avanzar más en las bicis, las dejamos estacionadas con todo y equipaje y nos dispusimos a avanzar por un senderito que, poco metros más adelante, llegaba hasta el puente colgante: este atravesaba un canal o río que desembocaba directamente en el océano, que se podía divisar fácilmente desde ahí.

El escenario era muy bonito, de harto verde y harta agua. Había poca gente, pero había. Tomamos algunas fotos, nos detuvimos un momento a contemplar y regresamos hasta las bicis. Decidimos, entonces, terminar de recorrer el pueblo y tras llegar a un mirador que daba a la playa, pensamos que lo mejor sería pasar la noche en el pueblo y levantarnos temprano para pedalear lo último y llegar a buena hora al Chuy. Así dimos con un gran espacio que nos pareció propicio para montar campamento, a la entrada del pueblo, detrás de una escuela pública y de un centro de salud. Se trataba de un predio abierto que tenía algunas instalaciones maltratadas por el tiempo: mesas y bancas de concreto, acompañadas por una que otra barbacoa que parecían no haber sido usadas hace rato.

Aunque nada indicaba que pudiéramos tener problemas o que fuera un sitio privado, buscamos a quien preguntarle, pero siendo domingo, no encontramos a nadie. Armamos entonces la carpa y pasamos una noche en calma, aunque con algo de ruido proveniente de la carretera y de la avenida principal del pueblo.

Empezábamos a cerrar el pedaleo por Uruguay. Llegamos al Chuy poco después del mediodía: mucho habíamos escuchado acerca del comercio libre de impuestos de la ciudad, varios uruguayos nos habían comentado que se trataba de una gran zona franca, mitad uruguaya, mitad brasilera, que gente de todas las localidades cercanas visitaban con frecuencia en busca de todo tipo de artículos electrónicos, copetes, chocolates y un cuanto hay. En fin, lo típico de una zona franca. Y una vez más nos encontramos con dimensiones bastante menores a las que imaginábamos, tónica de prácticamente todo nuestro viaje por el país. Y es que un país que no llega a los 4 millones de habitantes en 176 mil kms2 ¡no tiene nada demasiado grande!

Al final, el Chuy se reduce a dos grandes avenidas que se cruzan, atravesadas, a su vez, por unas 8 calles más; de un lado de la avenida principal es Uruguay, del otro lado, Brasil. Y los precios de la zona franca, a nuestro parecer, no tienen nada demasiado espectacular, en serio. Pero bueno, dejando de lado el comercio, nos fuimos directo al Rodoviario para ver qué posibilidades teníamos de llegar hasta Florianópolis desde ahí, pues mi hermana se había contactado con una amiga que vivía en la isla, quien, amorosamente, había accedido a alojarnos.

Nos encontramos con que los buses a Floripa salían exclusivamente miércoles y domingo (estábamos a lunes 22 de mayo) y el valor del pasaje era de nada despreciables $U 1.800 (unas 40 lucas). A eso se sumaba una cifra, aún desconocida, por llevar arriba las bicis, monto que sólo podríamos negociar con el chofer del bus antes de subir. La segunda alternativa era un bus hasta Porto Alegre, el cual podíamos tomar esa misma noche, por un valor de $U 1.100 ($24.000 chilenos). Información más, información menos, ya era hora de comer, así es que volvimos a la gran avenida para buscar alguna alternativa conveniente y así sentarnos a discutir las posibilidades con las panzas llenas, pues ninguno de los dos somos (o éramos, a esta altura) buenos para pensar con hambre. Y así nos enfrentamos a una de las primeras decisiones importantes de esta aventura: en las 3 semanas que llevábamos fuera de Chile, aún no se vendían nuestros autos y el pequeño presupuesto con el que habíamos salido se encontraba en franca reducción.
¿Qué hacer? Las alternativas:

1. Seguir pedaleando hasta quién sabe cuándo, a pesar que ya veníamos medio cansados y bajo la advertencia que prácticamente los primeros 300 kms. eran de “nada”, comentario de una española y un brasilero que conocimos en Lucky Valizas, que habían bajado desde Florianópolis pedaleando.

2. Gastarnos los $80.000 en el bus hasta Florianópolis, para lo cual tendríamos que buscar dónde dormir las próximas dos noches.

3. Tomarnos el bus hasta Porto Alegre y allá buscar otro bus hasta Florianópolis, entendiendo que, ya en Brasil y en una ciudad grande, podríamos encontrar más alternativas de precio.

4. Tomarnos un bus hasta Montevideo y ¿volver a Chile? Una idea que nos desanimaba enormemente, pero que era una posibilidad real, en vista de la situación económica y el “imprevisto” de no haber vendido, aún, alguno de los dos autos.

Fome 

Evaluamos las cuatro opciones y finalmente, casi tirándolo al cara y sello, optamos por seguir el plan inicial: llegar hasta Sao Paulo para cruzar a Europa desde ahí, aprovechando de detenernos en Florianópolis, en vista que teníamos lugar para llegar, dándole tiempo a la bendita venta de los autos. ¡Y que así sea! Embalamos las bicis y esa misma noche estábamos camino a Porto Alegre (pagamos 2 lucas por cada bici, by the way). Y ya veríamos qué nos depararía, una vez más, nuestro amigo destino 

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