Nuestra maravillosa experiencia en Turquía

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Dos meses en Turquía y poco a poco empezamos a despedir esta hermosura de país, mientras disfrutamos de la calma, el viento y las cautivadoras vistas de Karakaya, un pequeño poblado al oeste de Bodrum, en la costa sudoeste del país. La decisión de venir a conocer Turquía fue motivada por las excelentes recomendaciones de la Ale y la Berni (del fan page ‘Dos locas por el mundo’), quienes nos insistieron en no perdernos por nada del mundo este lugar y hoy estamos más que agradecidos por ello.

Mezquita azul, Istanbul

El viaje por estas tierras comenzó con cuatro días en el caos citadino de Estambul: veinte millones de almas que corren por las calles entre lujosas mezquitas y el comercio que se divide entre restaurantes, ropa y chucherías por millón, en una suerte de vómito de tiendas y negocios que, acompañados por el pregón de sus vendedores, nos hacen sentir esa abrumadora Babilonia de la que venimos arrancando desde hace algún tiempo.

A pesar de ser la ciudad más poblada (y probablemente la más renombrada), Estambul (o ‘Istanbul’,como se dice en buen turco) no es la capital de Turquía, sino Ankara, lugar que no llegamos a conocer en este viaje. La llegada a Istanbul fue, coincidentemente, caótica. Nos bajamos del avión dispuestos a aventurarnos en el transporte público, no sin antes preguntar qué micro nos servía, encontrándonos de lleno con el básico inglés que suelen hablar los turcos (con suerte entendimos el número de la micro y dónde esperarla… no así el valor).

Se trataba de un bus que por unas 7 liras turcas (equivalentes a unos $1.150 chilenos) nos llevaría hasta Kadiköy, el barrio donde vive Özge y su familia (nuestra primera couchsurfer en el país). Poco más de dos horas después nos bajábamos en la estación terminal, desde donde teníamos que tomar un minibus hasta el hospital de Göztepe. Ya estaba oscuro y las calles estaban abarrotadas de gente que corría de acá para allá. Y así como personas había, también había minibuses y micros en todas las direcciones, cientos de ellos. Intentamos preguntar a alguien cuál de todos ellos nos dejaría en el hospital (eran tan sólo 6 kilómetros), pero no dábamos con nadie que hablara inglés y nuestro inexistente acento turco ni quisiera nos permitía pronunciar correctamente ‘Göztepe’.

El estrés se apoderaba de nosotros irrefutablemente: se hacía tarde, estábamos cansados tras el largo día de traslados y la frustración de no poder comunicarnos en el idioma local nos tenía malhumorados e irritables. Por ahí logramos que un tipo se detuviera y le mostramos el punto al que íbamos en Google Maps y el hombre, muy confianzudo, tomó entre sus manos mi celular y se dispuso a caminar de acá para allá, buscando orientarse y hablando el desconocido idioma, mientras nosotros lo seguíamos -nerviosos- en su caminar. Finalmente y entre señas, nos fuimos a parar a la esquina donde debíamos tomar nuestro transporte y cuando el primer minibus se detuvo delante nuestro, volvimos a preguntar por ‘Göztepe’ y cuando creímos recibir una respuesta afirmativa, pues bien, ¡nos subimos!. Y así llegamos a Turquía.

En total nos quedamos con 12 couchsurfers en nuestro periplo por el país, 3 de ellos no contactados por la aplicación, sino por ser amigos de algún otro con quien nos quedamos, hicimos 2 voluntariados (estamos haciendo el segundo y último en este momento) y pagamos tan sólo una noche de alojamiento en todo este tiempo. De Istanbul nos trasladamos a Verzihan, un pequeño poblado al sureste, para pasar 3 semanas en la granja de Elif y Ömar, una pareja dedicada al cuidado y pastoreo de 60 cabras. Con ellos aprendimos a hacer quesos, yogurt y bastantes cosas acerca de sus animalitos. Llegamos en temporada de nacimientos, así es que nos tocó ver la llegada a este mundo de unos 15 animalitos 

Arriba del tractor que nos llevó a hacer las compras de la semana en el voluntariado que hicimos en Vezirhan

Ahí también compartimos unos días con una pareja de francesas, que llegaron al lugar a hacer voluntariado, igual que nosotros.

De Vezirhan nos trasladamos hasta la ciudad de Bursa y pasamos ahí un par de noches antes de seguir rumbo a Izmir (o ‘Esmirna’ como se traduciría al español), donde conocimos a Deniz, una couchsurfer/viajera/mochilera de 63 años que ha recorrido más de 70 países cargando su carpa en la espalda y viajando -hasta el día de hoy- con el mínimo presupuesto.

Los días que pasamos junto a Deniz ‘abla’, como es conocida en el mundo viajero (abla= hermana mayor, en turco) fueron inspiradores y de variados tips sobre Turquía y el mundo. Además, gracias a Deniz conocimos a Emel y tuve la maravillosa oportunidad de experimentar lo que es un ‘hamamı’ o baño turco, acompañada de una persona local (en otro post contaré esa historia, digna de ser narrada en detalle). Además, Deniz nos contactó con Müdje, una amiga dueña de un hotel en la ciudad de Dalyan, quien más adelante nos recibiría en su lugar con los brazos abiertos.

Mientras estuvimos en Izmir, una ciudad que nos hizo recordar a Istanbul pero en pequeña escala, hicimos un paseo por el día a Selçuk (desde donde se accede a la histórica Efeso, ciudad fundada en la Edad del Bronce, aproximadamente en el 1.500 a.C.) y a un pequeño pueblito llamado Şirince, reconocido por la producción de vino y artesanías. El trayecto entre Izmir y Selçuk lo hicimos en tren, lo que le entregó una buena cuota de romanticismo. En Selçuk, además, conocimos el castillo y la basílica de Saint John y los restos del Templo de Artemisa. Nos saltamos la entrada a Efeso, lamentablemente, porque el costo nos pareció muy alto y, estando en un país con tanta historia antigua, no nos queda más que elegir sólo algunos lugares para visitar. Igual, en este punto, aprovecho de comentar, para quien tenga interés de viajar a Turquía, que existe una tarjeta que te permite entrar a unos 300 museos y lugares históricos a lo largo del país, cuyo costo es de 210 TL (unos $34.000 chilenos) y que resulta bastante conveniente (la mayoría de las entradas a los lugares oscilan entre 10 TL y 50 TL).

Teatro en Hierápolis

Dejamos Izmir para ir a conocer uno de los principales destinos turísticos del país (el segundo más típico, después de Cappadocia): la impresionante “montaña de algodón” o Pamukkale, ubicada cerca de la ciudad de Denizli, donde nos alojamos con Mehmet Akın, un estudiante y viajero de corazón que nos recibió amorosamente, muy al “estilo turco”. Pamukkale nos dejó asombrados y maravillados. Y es que una montaña completamente cubierta por bicarbonato de calcio no es algo que se ve todos los días, claro está. Y como si esta maravilla natural no fuera suficiente, al llegar a la cima y detrás de la montaña, se emplaza la antigua ciudad de Hierápolis, cuyas ruinas son lo suficientemente extensas como para recorrerlas en 3 o 4 horas. El acceso a ambos lugares tiene un costo de 35 TL (unos $5.500 chilenos).

¡Hola, Pamukkale!

Muğla fue nuestro siguiente destino, al cual llegamos haciendo dedo desde Denizli. El trayecto normalmente era de unas dos horas, pero el audaz conductor de un Audi A3 nos dejó en la pequeña ciudad tan sólo una hora (y una multa por exceso de velocidad) después. Fue así como conocimos a Aylin, quien nos acogió amorosamente en su casa, nos preparó un delicioso desayuno turco ¡y nos cedió hasta su cama!. Sólo pasamos una noche en Muğla, pero eso bastó para irnos a pasar la tarde al balneario de Akyaka y conocer a Okan, un chico muy amistoso que trabaja en un hotel del lugar y que nos insistió en quedarnos compartiendo con él el siguiente día, así que ¡allá partimos!.

Akyaka resultó ser un pueblito pequeño a la orilla del mar, cuyo encanto radica no sólo en ese transparente y azul-verdoso Mar Egeo, sino también en un hermoso y navegable río que atraviesa parte del poblado, tan cristalino como el mar. Okan resultó ser un nuevo super-anfitrión, que nos preparó comida, nos atendió como reyes ¡y hasta nos mandó colación para el camino!.

Lo que ya empezaba a parecer una maratón de lugares y couchsurfers, continuó por Dalyan, bajando aún más por la costa del Egeo hacia el sur. Llegamos a este lugar gracias a la ya mencionada recomendación de Deniz abla: su amiga Müdje nos ofreció alojamiento gratuito en su hotel que, estando en temporada baja, se encontraba cerrado, previa advertencia del frío que hacía en el lugar y la ausencia de calefacción. Pero como “a caballo regalado no se le miran los dientes” y la posibilidad de conocer un nuevo lugar, allá partimos.

Hierápolis

Lo del frío resultó ser cierto, jajaja, aunque no fue impedimento para salir a conocer los atractivos del lugar: el pueblo cuenta con un gran río navegable que llega hasta el mar, desde el cual se pueden divisar unas impresionantes tumbas talladas en roca, en lo alto de un cerro (una postal bastante conocida de Turquía). Müdje no sólo nos recibió en su hotel, sino que también nos acompañó a pasear por el río y nos llevó también a la playa, donde supimos que el lugar también era famoso por el rescate y reproducción de la tortuga ‘careta-caretta’. Aprovechamos también de hacer un trekking hacia la antigua ciudad de Kaunos y visitar desde cerca las tumbas talladas en roca. ¡Impresionantes!

Desde Dalyan contactamos con Xavier, un viajero mitad belga mitad francés, radicado en Turquía desde hace 10 años. Nos llamó la atención su perfil en couchsurfing, donde contaba que había recorrido más de 24.000 kms haciendo cicloturismo y otros 50.000 kms CAMINANDO, conocía unos 65 países, había alojado a unos 150 viajeros y se había alojado con 250 más… ¡qué ganas de conocer a ese tipo!. La respuesta a nuestra solicitud fue positiva y Xavier nos recibió primero en Fethiye, en casa de su mujer Seda y el pequeño Atlas de 8 meses, con quienes compartimos un lindo paseo a la histórica ciudad de Kayaköy y a la playa de Ölüdeniz y luego pasamos dos días en su casa de Üzümlü, a unos 20 kilómetros de la ciudad, donde pasa los días dedicado a escribir para una revista de viajes y “jugando” en el taller donde desarrolla pequeños proyectos de carpintería. Aquí hicimos un buen trekking que nos llevó, cerro arriba, hasta ortos ciudad histórica llamada Kadyanda.

Habíamos decidido dejar Cappadocia para el final de nuestro viaje, por el ser el lugar más alejado que conoceríamos en Turquía. Desde Fethiye volvimos a hacer dedo para movernos, esta vez hasta la ciudad de Antalya y una vez más nos sorprendimos de lo fácil que resulta esta forma de movilizarse por el país (no esperamos más de 20 minutos). El tipo que nos llevó era un super amable conductor de un pequeño camión frigorífico que transportaba carne, quien prácticamente no hablaba inglés, lo que no resultó ser impedimento para intercambiar una que otra idea y recibir, como ya se nos hacía costumbre, la calidez y amabilidad turca. Fueron unas 4 horas de trayecto por paisajes hermosos, que mezclaban verdes bosques con cielos escandalosamente hermosos, campos de cultivos por doquier y, en algunos momentos, paisajes más áridos y fríos debido a la altura. A mitad de camino, nuestro conductor se detenía a cargar bencina y a invitarnos una taza de té y típicos pancitos rellenos del país.

El paso por Antalya fue expedito y sin mucho que destacar. Nos recibía en la ciudad el primo de Mehmet, nuestro anfitrión en Denizli, quien junto a su novia, amablemente nos ofrecieron la hospitalidad de su hogar por las dos noches que estuvimos ahí, antes de llegar a la anhelada Cappadocia, lugar donde no fue sencillo encontrar couchsurfer, presumiblemente por lo turístico del lugar y la demanda de alojamiento que hay en la zona.

No fue una buena noche en el bus entre Antalya y Cappadocia: lamentablemente en Turquía no se estilan los buses tipo salón-cama, con lo cual los asientos vagamente se reclinan y ni hablar de un soporte para las piernas. Esto es algo que nos ha llamado la atención, pues en contraste, el servicio que ofrecen los buses es de bastante buena calidad: pantallas en cada asiento para ver contenido personalizado durante el viaje (como en los aviones), buses modernos y limpios, servicio a bordo de té/café y algunos snacks… en fin. Nada recomendable resulta viajar de noche si quieres dormir en el trayecto. Con este antecedente, llegamos hasta la ciudad de Nevşehir poco antes de las 7 de la mañana.

Despertamos de golpe con el auxiliar del bus indicándonos con señas que era momento de bajar del bus. Le discutimos que el ticket que nosotros compramos era para llegar hasta Göreme pero nosotros seguíamos sin aprender más que lo básico del idioma turco y el tipo sencillamente no hablaba inglés, así es que con todo el mal humor descendimos del bus y fuimos inmediatamente abordados por un tipo que nos dirigió hasta una agencia de turismo, algo que siempre evitamos porque no tenemos interés en comprar ningún tour ni de pagar por servicios de este tipo. Pero bueno, ahí estábamos, arrastrados por las circunstancias y listos para repetir un educado “no, gracias” mientras preguntábamos cómo llegar hasta nuestro destino final.

A duras penas entendimos que a las 8 am saldría un minibus gratuito que nos llevaría hasta Göreme (explicación que no pudo darnos el auxiliar del bus por la falta de inglés) y aún dudando su habíamos entendido bien y todavía de mal humor, esperamos hasta las 8:30 para subirnos al bendito minibus y llegamos así hasta Uçhisar, el pueblo previo a Göreme, donde se encuentra el hostel Gardens of Cappadocia, cuyo dueño, Jesus, viajero y couchsufer, abre sus puertas amablemente a otros viajeros como nosotros, ofreciendo una o dos noches de alojamiento gratuito.

A pesar de la mala noche y el cansancio, decidimos salir a recorrer rápidamente el lugar ya que los siguientes días se pronosticaba lluvia, ¡no había tiempo que perder! Y así, las primeras vistas de las famosas formaciones rocosas de la región de Cappadocia, nos dejaban automáticamente sin palabras. Y es que sí: todo aquello que se dice de Cappadocia, es verdad. Muchas veces nos ha pasado (¿y a quién no?) llegar a un lugar requete recomendado por todo el mundo, con todas las expectativas que ello implica (no quiero entrar en la discusión de lo malo que es hacerse expectativas de las cosas), para darte cuenta que… bueno, okey, el lugar está bonito pero “le pusieron color” con tanta recomendación.

En el castillo de Uçhisar, Cappadocia

Este no es el caso de Cappadocia, definitivamente. Las descripciones y fotos se quedan totalmente cortas. No hay material audiovisual, a mi parecer, que retrate a la perfección el lugar y mucho menos que transmita lo que cada persona puede sentir ahí. Creo que gran parte de esto se debe a lo grande que es la zona, lejos de ser “dos piedras locas y un par de cuevas”, son 6 los pueblos que componen Cappadocia y un millar de historias de más de una civilización que habitó el lugar siglos atrás. Si hasta ciudades subterráneas tiene: construidas para protegerse de atacantes, las casas tenían acceso a las ciudades subterráneas desde sus patios. Algunas de ellas incluso conservan los accesos al día de hoy.

Nosotros tuvimos la oportunidad de visitar una de ellas, Derinkuyu, la más profunda, alcanzando 40 metros bajo tierra y 45 más para llegar hasta las papas subterráneas desde donde se extraía antiguamente el agua. Bajar por sus escaleras y recorrer los múltiples pasadizos, imaginando la historia antigua, resulta bastante interesante. En más de una oportunidad advierten que no es conveniente que asmáticos y claustrofóbicos desciendan y aún así durante todo el trayecto hay pequeñas flechas azules que indican la salida más próxima, para ayudar a disminuir la posible angustia que alguien podría tener en las profundidades (soy una de las que agradece este tipo de ayudas mentales, jeje). Durante nuestros paseos por Uçhisar y Göreme, lamentamos, en parte, que fuera invierno. Las temperaturas no pasaban de los 10º e incluso tuvimos nieve dos días, lo que deja un paisaje único, hermoso, pero las ganas de acampar en alguna de las cuevas siempre están y pican las manos por hacer caso omiso del ‘bajo cero’ y aventurarse a pasar la noche a la intemperie, cosa que no hicimos finalmente. Quién sabe… quizás algún día podamos volver 

Derinkuyu, ciudad subterránea

Otra cosa que nos saltamos, muy reconocida en la zona, siendo la clásica postal de Cappadocia, fue el vuelo en globo aerostático. Y es que los -nada menos que- 170 euros que cobran por persona para un vuelo al amanecer o atardecer, de 30-40 minutos, es un súper exceso para un par de mochileros como nosotros. Dicen que el precio se puede bajar hasta unos 130 euros, 100 euros fuera de temporada, pero aún sigue siendo bastante para nosotros, así que decidimos pasar. Aunque decidas no volar en los famosos ‘balloons’, el espectáculo de ir a verlos desde algún buen mirador también resulta bastante atractivo (así son tomadas las mayoría de las fotos famosas) pero ni siquiera esto pudimos apreciar pues durante los tres días de nuestra estadía en el sector los vuelos se encontraban suspendidos por el clima (principalmente por el viento). Así que bueno, no pudimos tomar la fotito-shuper-loca-que-todo-viajero-tiene-en-su-blog, jeje. ¡Qué le vamos a hacer!

Cerrando Cappadocia nos quedamos 2 noches en Nevşehir en casa de Dilgeş, un universitario que vive con 3 amigos, con quienes compartimos muchas risas, buenas comidas, fotos, música y pura buena onda. En casa de Dilgeş nos volvimos a encontrar con Daniel, a quien habíamos conocido en Uçhisar, un simpatiquísimo viajero proveniente de Hong Kong, con quien esperamos volver a encontrarnos en algún otro lugar del mundo 

Una de las tumbas antiguas mejor conservadas que hemos encontrado, en Kadyanda

Algunos días antes habíamos estado revisando workaway.info (uno de los más conocidos sitios de voluntariados) y nos habíamos comunicado con una granja de hierbas medicinales ubicada al sur de Israel, con quienes cerramos un voluntariado para mediados de marzo. Nuestra idea era viajar desde Turquía a Chipre en ferry, para saltar desde ahí a Israel pero el costo del transporte nos hizo desistir de la idea y finalmente tomamos la decisión de pasar de Chipre y volar directo al país hebreo.

Ya con una fecha cerrada para un nuevo voluntariado, decidimos buscar algún lugar interesante para cerrar nuestro paso por Turquía y así llegamos, ayer viernes, hasta Karakaya Retreat: un centro de retiros espirituales ubicado en la zona de Bodrum, en el mar Egeo. El centro se está preparando para el inicio de la nueva temporada (principios de abril), con lo cual hay algunos trabajos pequeños de reparación y pintura, arreglo del jardín, aseo y orden del lugar, entre otras tareas que iremos conociendo con el pasar de los días. A cambio de nuestra ayuda, como suele hacerse en los voluntariado, recibimos cama y comida. Lo más rico es que como estamos fuera de temporada, nos pasaron una de las cabañitas en las que reciben a los huéspedes, toda de madera y piedra, con su propia chimenea y todo lo necesario para pasar un buen par de semanas 

Y para cerrar este -algo extenso- posteo acerca de Turquía, les dejo algunos puntos que nos parece importante mencionar:

LA GENTE: En todo lo que recorrimos del país, la gente fue sumamente amable y cálida, prácticamente no nos encontramos con nadie hostil, pesado o desagradable. Buscar ayuda para encontrar un lugar o para lo que necesitáramos, aún cuando muchas veces la gente no habla inglés, fue bastante sencillo. Para qué hablar de la experiencia con couchsurfers: en todos lados fuimos más que bien recibidos, más de una vez nuestros anfitriones nos cedieron su propia cama y generalmente nos dieron muy rica comida, también.

LOS PRECIOS: comparado con Chile, gran parte de las cosas cuesta LA MITAD. La micro/transporte público promedia las 3TL ($480 chilenos… dependiendo la ciudad, en los pueblos más pequeños suele costar $400), por un jugo en caja de litro pagas 2.5 TL ($400 chilenos), el kilo de fruta de temporada (naranjas, manzanas, mandarinas, peras, granadas) bordea las 3 TL ($480 chilenos), un chocolate tipo hobby o prestigio cuesta entre 0.75 y 1 TL (entre $120 y $160 chilenos), un kilo de arroz cuesta 2.5 TL ($400 chilenos), un yogurt individual cuesta 0.60 TL (unos $100 chilenos), un pasaje en bus para recorrer 500 km cuesta 50 TL (unos $8.000 chilenos). Lo único que encontramos más caro que en Chile, es el alcohol, en particular la cerveza, cuyas botellas de 1/2 litro cuestan 7 TL (unos $1.150 chilenos).

LA COMIDA: la comida de Turquía es maravillosa. Döner y kebaps son lo más típico y hay por todos lados. Y claro, para nosotros, como vegetarianos, no es la gran gracia que lo más típico lleve carne, pero igual disfrutamos de uno que otro Döner sin carne, rico rico! El precio promedio de un döner completo es de 10 TL (unos $1.600 chilenos).

Otra cosa muy típica es el gözleme: una especie de panqueque muy muy delgadito pero de un gran diámetro (unos 50-60 cms.) que rellenan con queso, papa o espinaca. Los venden en todos lados y cuestan en promedio 6 TL (unos $1.000 chilenos).

Algo que los turcos acostumbran tomar junto a las comidas es el popular ‘ayran’: un yogurt blanco, de consistencia entre yogurt y leche cultivada, un poco salado. Es bien diferente, no de nuestro favoritos pero sin duda hay que probarlo.

Los turcos acostumbran comer prácticamente TODO con yogurt natural (a parte del ayran). Es por esto que lo venden en tamaños extra familiar, de 2, 3 y 5 kilos comúnmente. Y es súper barato además: 10 TL cuesta en cualquier parte el formato de 2 kilos ($1.600 chilenos). Nosotros quedamos maravillados con la costumbre, ahora nos encanta comer tallarines, arroz, verduras… ¡todo con yogurt!

Los desayunos turcos son abundantes e incluyen de todo: sobre la mesa disponen fácilmente 10 o 12 pocillitos con diferentes tipos de quesos, diferentes tipos de aceitunas, mermeladas, miel, más de un tipo de pan, huevos duros… y toman té, MUCHO té, todo el día, en unos vasitos pequeños (de unos 100 ml), ¡muy rico! Sorpresa para nosotros saber que en Turquía se cultiva té y que es mucho más popular que el café (siempre escuché del ‘café turco’ y por eso pensé que era lo más popular… pero acá no se produce café, sólo lo preparan de una manera bien diferente y por eso es conocido).

Los dulces también son muy consumidos en Turquía. Famosos son los baclava (yo los hacía exclusivamente árabes… ¡error!), que venden en cada cuadra y por kilo, a precios muy diferentes en un lugar que en otro (los vimos desde 12 TL a 80 TL el kilo… entre $2.000 y $13.000 chilenas). Dicen los turcos que sus baclava son más ricos que los árabes porque son mucho más mojaditos, jeje. Y las delicias turcas también: una especie de gomitas/sustancias, de diferentes sabores y consistencias, que también venden en cada esquina y también por kilo (ricas, pero nunca tanto como los bailabas, mis favoritos del mundo mundial).

Consideramos que este es un país RICO en términos de su tierra y la producción agrícola. La calidad y variedad de frutas y verduras es impresionante. Cultivan también muchísimos frutos secos (avellanas europeas, castañas, almendras, maní, dátiles de muchas variedades, etc, etc) y los olivos están incluso en los patios y calles de todas las ciudades que conocimos, con lo cual tienen una cantidad impresionante de tipos de aceitunas, deliciosas y muy baratas. Y claro, el aceite de oliva también se produce en grandes cantidades.

Toda una tarde escribiendo acerca de este fantástico país… ¡y siempre quedan cosas por contar!

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