El poder femenino y el maravilloso discurso de Oprah Winfrey en los Golden Globes

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Fue para muchos el momento más intenso y potente de la noche. En una jornada marcada por una fuerte respuesta de los participantes ante el abuso y desigualdades en contra de la mujer que se han destapado en la industria hollywoodense, las mujeres llevaron la batuta, recibiendo también el apoyo masculino bajo el lema “Time’s Up” o “El tiempo se les ha acabado”, demostrando que la época en que las mujeres debían bajar la cabeza y callar ante los abusos se ha terminado radicalmente.

De este modo la gran mayoría de los asistentes vistieron de negro. En una alfombra roja que usualmente estaba llena de color, este año los vestidos oscuros hicieron gala y lograron reafirmar la sensación de empoderación femenina que ha surgido como respuesta ante las denuncias que se han hecho sentir con fuerza en una industria en donde los “peces gordos” podían hacer y deshacer a destajo con el género femenino, ya que ellas no solo ganaban menos que los hombres, sino que además podían ser fácilmente excluidas o reemplazadas de proyectos importantes para sus carreras si es que no se sometían dócilmente a lo que los poderosos les exigían.

Fue bajo este marco de establecimiento de una nueva base de poder femenino en Hollywood, que la comunicadora norteamericana Oprah Winfrey recibió el premio honorífico Cecile B. de Mille en reconocimiento a su trayectoria y pronunció un discurso tan épico, tan intenso y lleno de reminiscencias a su difícil ascenso a un éxito que le es esquivo a las mujeres, que no te lo resumiremos, ya que tienes que leerlo completo:

 

“En 1964 yo era una niña, y recuerdo estar sentada en el piso de linóleo de la casa de mi madre en Milwaukee, mirando cómo Anne Bancroft presentaba el Oscar al mejor actor. Bancroft abrió el sobre y dijo cinco palabras que hicieron historia: “El ganador es Sidney Poitier “.

Al escenario subió Poitier, tan elegante, tan pulcro, con una corbata blanca. Yo nunca había visto a un hombre negro ser celebrado en la pantalla. Y he tratado de explicar muchas veces lo que un momento como ese significa para un chico sentado en los últimos asientos. Mi mamá entró en ese momento, rendida de limpiar las casas de otras personas. Lo único que me salió decir como explicación de lo que había pasado fue la línea de diálogo de Sidney Poitier en Una voz en las sombrasAmén, amén.

En 1982 recibió en este mismo escenario el premio Cecil B. de Mille y no se me escapa la trascendencia de este momento, en el que una niña como yo lo fui esté viendo esta noche en pantalla en el momento en que yo me convierto en la primera mujer negra en recibir el premio. Es un honor y es un privilegio compartirlo con ellos y con los increíbles hombres y mujeres que me inspiran y me incitan a mejorar… Gayle, que es la definición de lo que es una amiga; Steadman que es mi roca; Quincy Jones que me vio en Chicago, y le dijo a Steven Spielberg que yo era Sophia para El color púrpura.

Quiero agradecer a la Asociación de Prensa Extranjera, porque todos sabemos que la prensa está bajo asedio estos días. Pero también sabemos que la dedicación insaciable a descubrir la verdad absoluta la que nos impide que miremos hacia otro lado ante la corrupción y la injusticia; ante las mentiras, ante los tiranos, ante secretos y mentiras.

Valoro la prensa más que nunca, mientras navegamos estos tiempos complicados, lo que me lleva a esto: lo que sé es que decir tu verdad es la herramienta más poderosa que tenemos todos. Estoy especialmente orgullosa de las mujeres que se han sentido lo suficientemente fuertes y poderosas como para levantar sus voces y compartir sus historias. Cada una de nosotros en este cuarto son celebradas aquí por las historias que contamos. Y este año nosotras nos convertimos en la historia. Pero esta historia no afecta únicamente a la industria del entretenimiento: trasciende lugar, cultura, política, religión, espacio de trabajo, raza. Quiero agradecerle a todas las mujeres que han sobrevivido años de abuso, porque ellas, como mi madre, tenían hijos que criar, cuentas que pagar y sueños que hacer realidad.

Son trabajadoras domésticas, trabajadoras rurales, gastronómicas, científicas, médicas, ingenieras, en la industria tecnológica y el ejército, en la política y los negocios. Y hay alguien más: Recy Taylor. Un nombre que conozco y que ustedes debieran conocer. En 1944, Recy Taylor era una joven esposa y madre que volvía a su casa de la iglesia, en Alabama, cuando fue raptada y violada por seis hombres blancos armados y dejada al costado del camino. Amenazaron con matarla si le contaba a alguien lo que había pasado, pero su historia llegó a la NAACP (Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color, en sus siglas en inglés), donde una joven trabajadora llamada Rosa Parks se convirtió en la investigadora principal de su caso y juntas pidieron justicia. Pero la justicia no era una opción en la era de Jim Crow, y los hombres que trataron de destruirla jamás fueron acusados. Recy Taylor murió hace diez días, poco antes de cumplir 90 años. Ella vivió, como lo hemos hecho hasta ahora, bajo una cultura rota por hombres poderosos. Durante demasiado tiempo, las mujeres no eran escuchadas o creídas cuando decían la verdad al poder de esos hombres. Pero su tiempo terminó.

Su tiempo terminó.

Su tiempo terminó.

Yo solo espero que Riecy Taylor haya muerto sabiendo que su verdad, como la verdad de tantas mujeres que fueron atormentadas en esos años –y atormentadas en nuestros días– y sin embargo siguen adelante, como el corazón de Rosa Park que tantos años después encontró la fuerza para quedarse sentada en ese autobús y no ceder su asiento en Montgomery, y está en cada mujer aquí mismo que elige decir Yo también, y en cada hombre que elige escuchar.

En mi carrera, lo que he tratado de hacer, ya sea en el cine o en la televisión es decir algo sobre cómo los hombres y las mujeres sienten, cómo experimentamos vergüenza, dolor; cómo perseveramos y finalmente, superamos. A lo largo de los años he interpretado a personajes que han recibido algunas de las tragedias más terribles que puede entregar la vida, pero algo que todos ellos tienen en común es la habilidad de sentir esperanza, de esperar una mañana luminosa, incluso en medio de la noche más oscura.

Así que quiero decirle a todas esas chicas que miran televisión desde casa que un nuevo día se acerca. Y cuando ese nuevo día comience será porque miles de mujeres, muchas de ellas aquí presentes, y algunos hombres fenomenales, nos acercaron un poco más al momento en que nadie tenga ya que decir nunca más Yo también.”

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