Despidiéndonos de Brasil con un rotundo cambio de planes – Capítulo 10 del viaje

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Dos semanas en Ouro Preto y decidimos continuar camino hacia la costa, siguiendo la ruta de la “Estrada Real”, fascinados por la historia de la fiebre del oro. Así llegamos hasta otra ciudad, llamada São João del Rei. Ahí nos recibió Fabiola, otra simpática couchsurfer dispuesta a compartir su lugar y algunos momentos (lo que le permitía su tiempo, pues como profesora y coordinadora del departamento de matemáticas de la universidad estatal, poco tiempo libre tiene).

En esta ciudad hicimos un nuevo trekking con acampada, aprovechando el impulso que traíamos de las travesías anteriores. Y así, caminando con nuestras mochilas a cuestas, atravesamos la Serra São José hasta llegar al pequeño y turístico pueblo de Tiradentes, conocido localmente por sus artesanos que se dividen entre los muebles de madera la decoración. La ruta era bastante sencilla y era posible llegar de una ciudad a la otra en poco más de una hora si así lo querías, pero nosotros no teníamos apuro y, sumado al peso de las mochilas, demoramos algo más.

Después de conocer el pueblo, tomar algunas fotos y disfrutar un rico “açaí” (fruto de una palmera nativa), volvimos a la sierra a buscar un espacio donde acampar. El lugar que encontramos era confortable y cómodo, así es que nos pasamos dos noches ahí antes de retornar. Poco a poco íbamos sintiendo ganas de mar y playa, de más calor y de agua, así es que después de casi una semana en São João, decidimos continuar el camino y movernos hasta la última parte de la Estrada Real: la ciudad de Paraty, en el estado de Rio de Janeiro. Pero la ciudad quiso retenernos un par de días más y cuando llegamos a tomar el bus, los pasajes se habían agotado, lo que nos dio la oportunidad de conocer a un nuevo couchsurfer: Conrado, estudiante de ingeniería mecánica, quien vive en una república junto a otros 7 u 8 compañeros, un “loco lindo”, viajero de corazón y muy cálido, como fue la tónica de prácticamente todos los couchsurfers que nos recibieron en Brasil. Y dos días después ya nos estábamos subiendo al esperado bus que nos llevaría hasta la palmita, ¡wiiiiiiiii!

Una vez en Paraty, nos fuimos directo al “Camping do Rancho”, administrado por el carioca Fabio, con quien nos habíamos contactado a través de Facebook para hacer un voluntariado y así intercambiar algunas horas de trabajo al día por la estadía en el camping. El lugar era bastante básico y sin mucho que destacar en cuanto a infraestructura; una cocina comunitaria, baños de baja calidad y un terreno amplio, a escasos 100 o 200 metros de la playa de Jabaquara. Un grupo de voluntarios, argentinos en su mayoría, fue el principal motivo que nos hizo quedarnos dos semanas en el lugar, compartiendo muchos buenos momentos entre ricas comidas comunitarias, risas por montón, buenas conversaciones, paseos en grupo a la playa, varias historias de viaje intercambiadas y mucha, mucha buena onda, especialmente con la pareja formada por Martin y Yesica, de quienes nos fue difícil despedirnos por la buena conexión y química que se produjo. Pero ¡en fin! El camino nos enseña a disfrutar de estos lindos encuentros y a decir adiós sin apegarnos… nos esperaba el Sitio das Palmeiras y todo lo vivido junto a la familia de Filipi y Tamie (otra historia, publicada hacia fines de noviembre de 2017)

Ya nos empezábamos a despedir de Brasil; teníamos un vuelo programado para los primeros días de diciembre que nos llevaría hasta Sudáfrica, saliendo desde Rio de Janeiro, así es que cuatro días antes de viajar llegamos hasta la turística ciudad y aprovechamos de recorrer una parte de ella antes de salir. No hay mucho que decir acerca de Rio… no porque no haya nada que decir, sino porque es uno de los destinos más comunes de Sudamérica y bastante se puede leer del lugar en blogs de viajes y distintos sitios en la red. Mi súper personal y subjetiva visión, con las disculpas que me merecen todos los fans de Rio: una ciudad grande, playas totalmente sobrevaloradas, con altos y conocidos morros que hacen que su geografía sea la “gran gracia” del lugar. Y ya está, para mí. Entiendo que en época de carnaval se podrán decir otras cosas, pero no fue el tiempo en que nosotros estuvimos ahí, así es que no puedo agregar mucho más.

Ya estaba todo coordinado para nuestra salida del país y la llegada a Johannesburgo, además de una que otra idea de lo que queríamos conocer en tierras africanas. Pero como la aventura de los viajes sin demasiada planificación y de la vida misma, cambiante y sorpresiva en sus formas, siempre encuentra el modo de asombrarnos, no llegamos a tomar aquel vuelo que habíamos comprado con más de dos meses de anticipación. Y no, no es que nos arrepentimos del destino, así como tampoco cancelamos nuestra salida de tierras brasileñas. Simplemente estábamos aprendiendo una nueva lección, que dejaba en evidencia a nuestro mutuo y querido ego, mientras transitábamos por una de esas situaciones que, cuando son observadas en tercera persona, solemos pensar: “hay que ser muy tonto/pajarón/distraído/estúpido para que eso te pase”.

Y la historia se escribió así: yo, como la encargada de hacer el check in y por lo tanto, quien recibió el e-mail de confirmación del mismo y las instrucciones sobre el vuelo, que incluían los detalles sobre nuestro equipaje, las escalas y los horarios, por algún motivo y aún teniendo a mi haber varios vuelos en el cuerpo, registré en mi cabeza el horario límite de llegada que la aerolínea sugería, como la hora óptima. En base a esa hora es que estimé -rematando el asunto- que sería suficiente salir desde nuestro hospedaje hacia el aeropuerto, poco más de una hora antes.

Mi compañero, a su vez, acostumbrado a mis nunca antes equivocados cálculos, dejó todo en mis manos. Y así, a las 13:30 hrs. del lunes 4 de diciembre salíamos desde el barrio de Glória rumbo al aeropuerto Galeão… en transporte público. La cuestión es que llegar al aeropuerto nos tomó 1 hora y 40 minutos. El vuelo salía a las 15:45 y la hora de llegada que yo había registrado como “óptima”, era 15:05. Llegamos al aeropuerto a las 15:05 y corrimos por los pasillos con mochilas a cuestas buscando el bendito counter de la aerolínea, al cual llegamos, sudorosos y tiritones, a eso de las 15:12, para escuchar a un nada comprensivo personaje, decirnos que no teníamos ninguna chance de subirnos al avión y que nuestra mejor alternativa era dirigirnos a la oficina de la aerolínea a ver qué otras alternativas de vuelos teníamos (importante detalle: el vuelo que esperábamos tomar nos llevaría hasta São Paulo, donde hagamos conexión con el vuelo que nos llevaría al destino final).

Allá fuimos y la chica que nos atendió nos sugirió que corriéramos el riesgo de ir con todo y mochilas hasta la puerta de embarque, aún cuando no podía asegurarnos el ingreso al avión. Corrimos, corrimos y corrimos hasta llegar al control de rayos X (despejado, para nuestra suerte), dejando ahí cortaplumas y cuchillos (claro, no pudimos entregar nuestro equipaje en el counter) y seguimos corriendo hasta llegar a la puerta de embarque, a las 15:25, 20 minutos antes del despegue. El resto, ya lo saben. Quisiera tener registro fotográfico de nuestras caras cuando, por más que rogamos, no nos dejaron subir a ese avión. Yo no pude contener las lágrimas, más provocadas por la frustración que por tristeza.

Realmente es muy difícil describir en palabras lo que se siente en una situación como esta, pero en resumidas cuentas, quien más sufre es el ego que intenta responsabilizar a otros por las acciones y decisiones propias (obvio: la micro se demoró demasiado, la señalización para encontrar el counter de la aerolínea en el aeropuerto era pésima, el empleado del counter era un idiota, la otra tonta weona de la aerolínea fue una mierda por darnos la esperanza de que podríamos subirnos al avión, los tipos de los rayos X no nos ayudaron ni un poco a agilizar el trámite y el imbécil que estaba en la puerta de embarque no tuvo ni una pizca de compasión por este par de viajeros que, ¡oh! llegó tarde “por culpa del tráfico”, como le escupimos en nuestro reciente aprendido portugués).

Cabizbajos, en silencio y lentamente anduvimos sobre nuestros pasos para volver hasta los rayos X e intentar recuperar esa cortaplumas que nos resistíamos a perder (más machucones al ego, pues nada te devuelven) y luego a la oficina de la aerolínea, tragándonos el orgullo y humildemente, para conocer nuestras opciones, que básicamente se reducían a cero, pues la tarifa de super ultra mega oferta que habíamos conseguido (y por la cual, nuestro ego se había requete inflado, meses antes) sólo nos permitía hacer cambios pagando una multa que prácticamente alcanzaba el mismo monto que el costo de los pasajes.

Chao pasajes y chao Sudáfrica, LPMQLRMP. Impactados, shockeados y golpeados con este “cambio de planes de último momento”, quince minutos más tarde reíamos, entre nervios y aceptación, mientras evaluábamos las posibilidades. Rápidamente descartamos quedarnos en Brasil, pues nuestras visas ya estaban vencidas y si bien la multa diaria no era muy alta (unos $1.600 por día, en 10 o 15 días que llevábamos en ilegalidad), no nos gustaba la idea de mantenernos más tiempo en esta condición. Entre medio pensábamos en lo loca que es la vida y cómo te hace girar en 180º muchas veces, cambiando planes de un momento a otro y te enseña así a fluir como el agua, a adaptarte a las nuevas circunstancias, a ser resiliente (toda esta explicación también podría ser simplemente otra manera de calmar al ego, ¿por qué no?). Buscamos y rebuscamos el ticket más barato que nos permitiera salir del país ese mismo día o el siguiente. Incluso conversamos la posibilidad de volver a Chile, pero nuestras ganas de seguir viajando eran más grandes y finalmente decidimos volar a Europa: España y el inicio del invierno en tierras del norte nos recibirían para pasar las fiestas de fin de año en una más que inesperada “blanca navidad”.

Continuará!!!

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