Amor en tiempos de igualdad

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La historia es compleja de analizar, pero no tan complicada de entender, en el fondo todo se basa en el amor y respeto que todos tenemos que tener.

El cuento es así, conocí a mi novio por esas típicas coincidencias de la vida, que de verdad no valen mucho para detallar. Vivimos una historia de amor no muy distinta al normal de la gente, con nuestros altos y bajos y las complejidades típicas del mundo de hoy. Fueron un par de años de relación, creo que como todas, basabas en la confianza, el respeto y blablabla.

El último verano vivido fue increíble, tuvimos las mejores vacaciones en pareja que se puedan ambicionar, lugares mágicos, reencuentros celestiales y confianza, mucha confianza, pero notaba la mirada perdida de Vicente. A ratos sentía que me ocultaba cosas o que simplemente no quería mirarme a la cara. Interiormente sabía que algo andaba mal, pero no era capaz de asumir una realidad que más pronto que tarde se habría de asomar.

La vuelta a Santiago fue muy normal, tranquila, sin complicaciones, sin embargo volví a sentir la distancia, en su mirada… en las noches, en las conversaciones.

Un día como cualquier otro Vicente me pidió que nos juntáramos en un cafecito muy cómodo que solíamos visitar. A la hora acordada me senté a esperar y nerviosamente prendí un cigarro, lo vi venir, ya no era el muchacho de mirada tímida del que me había enamorado, era un hombre con decisión, con convicción y con un propósito; hablar con la verdad.

Se sentó, me tomó de las manos y comenzó a llorar, sus palabras se enredaban con sus lágrimas, no entendía mucho y tenia una sensación extraña de querer arrancar. Si me preguntan sinceramente, no recuerdo mucho la conversación, sólo su lapidario “conocí a otra persona”.

Obviamente la reacción de mi rostro no fue la mejor, pero tomé en cuenta las palabras de vida de mi madre; «una mujer lo último que debe de perder es su dignidad»… Con toda la soberbia que podía reflejar le dije que estuviera tranquilo, que el amor era así, que uno no elegía quien podría llenar nuestro corazón ni cuando ni cómo. Fue ahí, justo en mi sentencia de despedida que me lanzó la piedra final; “Agustina conocí a otro hombre y me enamoré”… Cubrí mi rostro con ambas manos, perdí el equilibrio y sentí que el cielo se caía sobre mí. Tomé mi cartera, mi abrigo y comencé a correr. Me perdí en las calles, no sabia qué hacer, donde ir, quería gritar, quería llorar, pero no podía, mi cuerpo no reaccionaba, mi mente no pensaba. Bajé a una estación del metro, me senté en un pasillo y no pude reaccionar, no sé cuánto tiempo pasó y qué era lo que debía hacer, llamé a una amiga, le pedí que me recogiera y me ayudara… y fue así después de mucho tiempo que logré levantarme.

Con el correr de los años  -y debo aceptar que gracias a un par de consejos y terapias- descubrí que la vida siempre nos pone dos caminos delante. Estamos llenos de opciones, llenos de oportunidades, siempre. Pero el problema es querer ir en una sola dirección. Fue así que logré darme cuenta que siempre amaré a Vicente, que ser gay es la opción de tener un amor libre, verdadero, puro y me he dado cuenta de que eso es lo que siempre quise para él, que fuera libre, feliz. Por consecuencia, hoy transformé mi amor, ya no para mantener el de mujer, sino para entregarle la mal gastada palabra “aceptación” que todos conjugamos.

Hoy no somos grandes amigos ni los mejores, pero el respeto sigue vivo, lo sentimos y lo palpamos, sé de su vida y él de la mía, respeto sus decisiones y lo sigo apoyando con el mismo cariño de siempre, pero lo más importante… el amor es libre, no importa sus dimensiones y contextos.

Seguramente no seré la primera ni la última mujer que junto a su pareja “salen del closet”, pero soy una agradecida de la vida por la confianza, la lealtad y por sobre todo el respeto y la verdad por delante que Vicente siempre me brindó.

 

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